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Covadonga y España

José Alfredo García Fernández del Viso,

licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo

 

El lenguaje común español tiene frases célebres, una de ellas es la que parte; Asturias es España y lo demás tierra conquistada.

He de decir que tal afirmación tiene mucho sentido en el ánimo amplio de la frase, ya que hubo un momento dónde la civilización cristiana y el sentido patrio se dieron la mano, para juntos comenzar la historia más bonita jamás contada, y que hoy, año 2012 sigue su curso.

Covadonga, ¿dónde se encuentra? Amparándose en la muralla caliza de Picos de Europa, surgida con el plegamiento herciniano, existen zonas de praderías verdes dónde esa raza autóctona conocida como asturiana de los valles pasta sin cesar, nutridas de bosques de hayas pudiéndose sentir aún esos seres mitológicos astures de xanas o trasgus, dónde la nieve difícilmente se retira de las cumbres.

Picos de Europa, citados ya en el año 530 a.C. por Rufo Aresto en la obra “Periplo Massialota” narrándose como los navegantes camino de Bretaña distinguían estos montes, otorgándoles al efecto la denominación de montes de Europa.

Actualmente se dividen tres macizos dentro de la gran montaña caliza, el occidental, oriental y central. Covadonga, un pequeño valle se sitúa dentro del macizo occidental de Picos de Europa, jalonado por imponentes cumbres como el Cornión, o la Torre de Santa María, destacando como no la gran Peña Santa de Castilla.

Encima de Covadonga se encuentran dos pequeños lagos fruto de la era glaciar, son el Enol y el Ercina, encontrándose aún hoy restos del glaciarismo.

Pertenece al término municipal de Cangas de Onis, célebre por su puente romano conservado en unas condiciones inmejorables, de cuyo centro pende una réplica de la cruz de la victoria, todo ello sobre el río Sella.

Cangas de Onis, fue la primera capital del territorio conquistado, sin temor a ruborizarnos, podemos afirmar que durante un tiempo llegó a ser la capital del nuevo territorio, Asturorum Regnum, es decir, de lo que con el transcurso de los siglos tras muchas conquistas y repoblaciones conformaría al ir extendiéndose por todo el territorio peninsular, lo que hoy denominamos como Hispania.

Muchos acontecimientos en la vida vuelven a repetirse, es más, los acontecimientos históricos se repiten en el devenir de los tiempos, no porque la ciencia de la historia lo consiga, sino por el empecinamiento de la especie humana en repetir los mismos errores, las mismas faltas, en definitiva los mismos hechos, bajo otros prismas pero con idéntico fondo.

Tal es así, que transcurridos más de diez siglos en nuestro territorio peninsular volvemos a intentar colocarnos en nuestros orígenes.

Actualmente España se encuentra en trance de desaparición por diversos aconteceres, por un lado separatismos crecientes auspiciados por las alas de la constitución de 1978, los cuales intentan dinamitar la unidad nacional para convertirnos de nuevo en un territorio de poblados bajo luchas cainitas. Mientras por otro lado sufrimos el drama de una invasión sin paliativos de gentes enemigas de la civilización occidental y por tanto de la cristiandad, se trata de musulmanes, cuyo único propósito es establecerse de nuevo en territorio peninsular para desterrar el cristianismo con la implantación de un régimen islamista.

Estas circunstancias podemos compararlas con lo que nos ocupa, para ello debemos retrotraernos varios siglos en el tiempo. Corría el año 711 en la península ibérica, Hispania se encontraba muy diezmada debido a problemas alimenticios y a epidemias mortales como la temida peste, por ello las principales ciudades de entonces contaban con población extramuros e intramuros, con muchas limitaciones para el acceso al interior de las ciudades. A todo ello debe sumarse una fractura política importante, con luchas continuas entre clanes familiares godos para hacerse con el poder de entonces.

Era un tiempo dónde los árabes continuaban con su etapa conquistadora iniciada prácticamente un siglo antes en numerosos territorios, península arábiga, Siria, Egipto, Libia, Mesopotamia o Persia como más representativos. Por supuesto Hispania no les era ajena, y sus ojos se fijaban en el territorio peninsular de un modo importante, más si tenemos en cuenta los problemas antes expuestos. De ahí que en la primavera del año 711 Tarik a la sazón berebere iniciara la invasión con un ejército de 7000 hombres, desembarcando en Algeciras. Establece su campamento base en Gibraltar desde dónde lanzará constantes andanadas hasta la conquista de la baja Andalucía, es decir, la Bética.

El rey visigodo Rodrigo, tras varios meses esperando como ocurriera ya en otras ocasiones, la desbandada árabe, no tuvo más remedio que partir hacia el sur peninsular para intentar poner coto al dominio extranjero. Sin embargo, su llegada fue tardía, desde Pamplona (ciudad fundada por el general romano Pompeyo, de ahí su nombre) inicia el camino, llegando a orillas del río Salado, se trata de la conocida por todos como batalla de Guadalate, dónde tras una dura confrontación, el ejército godo cae derrotado, falleciendo en la misma el propio Rodrigo.

La historia que sigue es la de la conquista peninsular por parte árabe con algunas dificultades como fue el caso de Sevilla, pues era la capital de la provincia visigoda de Hispalis. Finalizando el año 711 cae Toledo en manos de Musa, con lo que se aventura una conquista total del territorio peninsular. Inexorablemente así es, Zaragoza, Astorga, Lugo, Gijón, Salamanca, un sinfín de poblaciones grandes y pequeñas caían cual cascada incesante en manos invasoras.

La zona norte peninsular en aquellos momentos era gobernada por un bereber llamado Munuza, el cual con extrema crudeza imponía el imperio de la media luna en sus vastos territorios. La calma era la tónica dominante, sin grandes sobresaltos, ya que como he dicho la mano de hierro era una constante.

Sin embargo, a partir del año 718 todo cambiará. Un caballero visigodo, hijo del duque Favila, huye de Toledo en dirección al norte peninsular junto con el arzobispo toledano Urbano, custodiando reliquias cristianas, intentando salvarlas de las zarpas árabes. Tal personaje, responde al nombre de Pelayo.

Esto es lo que nos cuentan las crónicas de la época, las cristianas, con la Albeldense a la cabeza, destacando de igual modo las crónicas de Alfonso III divididas en dos; Rotense y Sebastianense, esta última ha llegado a nosotros a través de códices, sobresaliendo él del ovetense Ambrosio de Morales, de ahí que a menudo sea denominada también ovetense.

En el grupo de las tres crónicas podemos observar una progresiva “visigotización” de los hechos acaecidos desde la llegada de Pelayo hasta la subida al trono de Alfonso III.

Sin embargo existen otras teorías como la de Claudio Sánchez Albornoz, dónde indica como Munuza envía a Pelayo a tierras del sur para cobrar impuestos, momento aprovechado por el árabe para forzar su matrimonio con una hermana del caballero godo. Al enterarse de semejante hecho, Pelayo no duda en dirigirse a Asturias enfurecido, atravesando para ello los montes leoneses. Sea de un modo u otro, personalmente me inclino por las crónicas, centrándome en la más antigua, Albeldense.

 Pelayo llega al territorio astur, estableciéndose en Cangas de Onis, precisamente allí se estaba celebrando una reunión de mandatarios visigodos. Rápidamente Pelayo se erige en “caudillo” de los presentes, recordándoles la importancia de la cristiandad y de los territorios perdidos, ante lo que les imbuye de un espíritu de recuperación, el término Reconquista será muy posterior al momento. Deben enfrentarse a los invasores sin paliativos, desafiando sus leyes.

En el año 722 acuerdan dejar de pagar los tributos árabes, concretamente el jaray y el yizia. Munuza lo considera una rebelión en toda regla, ya que para los árabes los tributos eran la parte consustancial de su mantenimiento allá dónde estuvieran. Frente a esta rebelión envía desde Gijón un pequeño contingente para obligar a los habitantes de Onis a pagar los tributos y someterse a su autoridad. Sin embargo, tras unas pequeñas escaramuzas fracasa en su intento.

Ante el temor de que la rebelión se propagase por más poblaciones astures, Munuza alerta a Córdoba del hecho, considerado grave a todas luces. El valí Ambasa envía al mando de Al Qama un ejército sarraceno numeroso para poner coto a la sedición. Las crónicas nos hablan de 180.000 hombres, mientras Sánchez Albornoz baja la cifra a unos 20.000, independientemente del número, lo que si está claro es la gran superioridad de musulmanes frente a cristianos.

Pelayo a través de godos provenientes de Toledo, es alertado del envío de un cuantioso número de tropas desde Córdoba para intentar acabar con ellos y sobre todo con el “asno salvaje”, calificativo con el que era conocido el caudillo astur. Conocedor perfectamente de la superioridad árabe, busca refugio en un angosto valle de los Picos de Europa, coronado por el monte Auseva. En este valle existe una oquedad en la roca caliza sobre una cascada, hueco suficiente para refugiar a los pocos hombres con los que tendrá que luchar frente a los invasores. Sabe perfectamente el camino emprendido por Al Qama, finalizando el mismo en este valle, último escollo para alcanzar Cangas de Onis.

Discurría la primavera del año 722, Pelayo al mando de unos pocos hombres cristianos espera impaciente en la mañana de un 28 de mayo. Ha dispersado a algunos de sus hombres por los alrededores y la cima del Auseva, mientras el grueso se mantiene dentro de la cueva, “la cueva dominica”, hoy de Covadonga.

Las tropas musulmanas comienzan a aparecer entre los riscos aún nevados. Los astures colocados en los cerros lanzan su ataque mediante una lluvia de flechas, ante lo que los invasores sorprendidos no saben como responder debido a lo abrupto del terreno. Rompen el ejército musulmán en dos grupos, apareciendo sobre ellos de pronto los hombres de la cueva. Es en este momento, cuándo según las crónicas el cielo se abre, emergiendo una figura de mujer con un resplandor sin igual. Pelayo junta dos lanzas en forma de cruz cristiana dirigiéndolas en la dirección de la figura, lo que provoca de pronto un aluvión de enormes piedras sobre los enemigos, causándoles a muchos la muerte y los menos huyendo sin saber itinerario alguno.

Es precisamente esa cruz, denominada la de la victoria, la que actualmente preside la bandera asturiana, pendiendo de ella la primera y última letra del abecedario griego; alpha y omega.

Entre las bajas producidas está la de Al Qama, con lo que el resto de sus hombres se encuentran desamparados.

Munuza se entera de lo sucedido, mostrando gran temor ante la insurrección cristiana, por lo que huye en dirección al sur. Sin embargo en Olalies, lo que hoy es conocido por Lugones, cerca de Oviedo, en el desfiladero del río Nora, otro desprendimiento sin causa aparente se produce, sepultando al restante ejército musulmán huido de Covadonga, con Munuza a la cabeza. Al retirarse Munuza de Gijón, Asturias se convierte en el único foco de resistencia frente al dominio árabe. Pelayo instala la capital en Cangas de Onís. La noticia se expande cual cascada incesante por todos los rincones de la Península Hispánica, de pronto muchos pueblos ven como una llama se forja en el norte peninsular, invadiendo un sentimiento de rebeldía desconocido hasta el momento.

En el año 737 Pelayo fallece por causas naturales, dejando el mando y trono a su hijo. Lega el nacimiento de una idea consustancial con el ser mismo del habitante hispano. Lega la llama de lo que posteriormente se denominaría Reconquista, será mucho más tarde con Alfonso III “el magno” entre el 866 y el 910 cuándo se comience a acuñar el término de un modo claro. Lega un territorio liberado bajo el signo del cristianismo, el mismo territorio que en el devenir de los tiempos se extenderá por todos los confines del territorio peninsular, hasta conformar la España actual.

Han pasado los siglos y los años, España ha tenido diversas épocas florecientes, con territorios más allá de nuestras fronteras, podemos recordar la época de los Reyes Católicos con el gran Capitán al frente o la de la dinastía de los Austrias, una familia real austera y sobria consiguiendo una expansión de territorios colosal.

Sin embargo, en pleno siglo XXI nos hayamos como al principio, minados ya no sólo económicamente, sino lo que es más importante moralmente, con un sistema pernicioso y perjudicial a todas luces. No podemos aspirar a otro “caudillo”, puesto que la sociedad se encuentra anestesiada por el mismo sistema. Tampoco podemos imponer nuestros principios genuinos patrios, ya que como antaño estamos asistiendo a una invasión sin paliativos, sin armas, cierto, pero invasión sin más. Un flujo constante de gentes provenientes del enemigo de la civilización cristiana y por tanto occidental, los cuales intentan sojuzgarnos mediante la imposición de unas costumbres altamente nocivas para la dignidad humana. Todo lo de fuera es respetable, mientras nuestras recias costumbres y principios, son criticables y hasta ultrajados y vilipendiados.

Covadonga no debe convertirse en un mero recordatorio, en una simple fecha, sino en acicate para saber dónde estamos, y a dónde debemos dirigirnos.

 



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