Sobre Francisco Franco y su tiempo...
 
 
 
El secreto del hombre libre
 
 
   No bien los lobos se abandonan a sí mismo cuando todo empieza a salirles mal. Unos caen en los lazos y trampas que les tienden los cazadores; otros, heridos de bala, van renqueando dolorosamente por entre la maleza, y los más aparecen cubiertos de erupciones inmundas. Un día Mowgli les trae la piel del tigre que los ha sublevado con sus predicaciones y entonces todos los lobos se dirigen a él:
 
   -¡Oh, tú, hijo del hombre! -le dicen- ¡Guíanos! Ya estamos hartos de vivir sin ley y queremos volver a ser un pueblo libre... 
 
   Eso dicen los lobos a Mowgli, en una de las páginas más inspiradas de Kipling, y esto le dicen hoy a Franco infinidad de personas en los pueblos que el Caudillo va reconsquistando con su espada:
 
   -Guíanos. Condúcenos. Danos tus normas e imponnos tu autoridad, porque tras un largo periodo en el que nadie nos ha mandado y hemos hecho todo lo que quisimos, llegamos a convencernos ya de que no hay libertad posible fuera de la ley...
 
   Pocos conceptos tan confusos, contradictorios y enrevesados como el concepto de libertad. La libertad no es un valor absoluto ni una cosa que exista por sí misma y tenga una realidad independiente del hombre como el aire o el agua. Hay mi libertad y hay la de usted, eso es todo lo que hay, amigo lector, y cuando la ley me impide a mí tocar el cornetín o la ocarina a las doce de la noche bajo los balcones de usted, no trata de restringir mi libertad sino que pretende garantizar la suya. Mi libertad de hacer ruidos más o menos armónicos termina allí donde empieza la de usted para dormir y reposarse y, viceversa, la libertad al reposo que, sin duda alguna, le asiste usted, acaba precisamente a aquellas horas en que empieza la mía para tocar instrumentos de viento, de cuerda o de cualquier otra clase. Es decir, que si usted y yo queremos vivir tranquilos, nos hará falta una ley, no hay libertad que valga dos reales. Creer en la libertad absoluta es tanto como creer que uno está completamente solo en el universo y, cuando esta creencia penetra en muchos hombres a la vez, ya hemos visto lo que pasa: que se atropellan ferozmente los unos a los otros y que caen todos ellos en la más horrenda y espantosa esclavitud.
 
   Esta es la lección que ha aprendido ya casi todo el mundo en la zona roja, y para mí no constituirá una sorpresa demasiado grande el que, al término de la contienda, fuesen los hombres de aquella zona quienes tuvieran que enseñárnosla a nosotros los que, habíéndonos encontrado desde un principio al lado de acá, tenemos de estas cosas un conocimiento mucho más teorico que práctico. La libertad es el orden. La libertad es el trabajo. La libertad es la obediencia y la disciplina. La libertad, en fin, es la Ley con sus múltiples restricciones y todo el secreto del hombre libre consiste, única y sencillamente, en aceptar la Ley de un modo voluntario. 
 
 
 Artículos publicado en el ABC de Sevilla, el 8 de mayo de 1938.
 
 
 
 


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