Sobre Francisco Franco y su tiempo...
 
 
 
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La Carrera de Franco

 

Apuntes históricos sobre la vida militar de Franco Hasta su designación como Jefe de Estado.

    Al término de nuestra terrible guerra civil, Franco maniobró hábilmente para permanecer al margen de la Segunda Guerra Mundial y sus desastrosas consecuencias, y aunque España fue posteriormente bloqueada económica y comercialmente, y atacada a escala internacional con propaganda, radios, maquis y sabotajes permanentes de las izquierdas internas, consiguió estructurar el país y hacer que creciera con los Planes de Desarrollo a tasas del 6% anual en el periodo de 1955-1975, con una política de viviendas (que hace que los españoles seamos todavía el primer país del mundo en propiedad de vivienda por habitante) y con una infraestructura industrial a través del Instituto Nacional de Industria que situó a España en 1975 como la séptima potencia industrial del mundo, con un Producto Interior Bruto (PIB) del 79% de la media del entonces Mercado Común Europeo.
 
   A continuación exponemos una resumida y parcial biografía - hasta octubre de 1936 - resaltando los aspectos más relevantes de la brillantísima carrera militar de este insigne prohombre español, que durante casi 40 años gobernó España (1936 ~ 1975), rescatándola primero del caótico y sangriento marasmo revolucionario al que unos intelectuales y políticos sectarios y enloquecidos habían conducido, ofreciendo a la población obrera y campesina el paraíso terrenal bajo las botas de Lenin y Stalin.

Los primeros años

   En la madrugada del 4 de diciembre de 1892, nació en El Ferrol el segundo hijo varón del matrimonio Franco-Bahamonde, antigua familia de marinos.   Fue bautizado el 17 de diciembre en la iglesia parroquial de San Francisco, templo castrense y primera anticipación militar de su vida. En el libro de bautismos se le inscribió con los nombres de Francisco, Paulino, Hermenegildo y Teódulo, y un periódico local dedicó unas líneas al acontecimiento. Junto a esta breve noticia, el mismo periódico daba a sus lectores el cotidiano reflejo del panorama nacional.

    El panorama nacional hacía ya muchos años que había empezado a ensombrecerse. Del Imperio que no sabía de puestas de sol se habían ido desmoronando una a una todas sus piedras y en aquel final de siglo se aceleraba la precipitación como si se nos hubiera puesto un plazo de vencimiento a fecha fija. Entre 1810 y 1823 perdíamos en América una extensión de trescientas mil leguas cuadradas y cerca de doce millones de habitantes. En 1898 la trágica sinfonía que había comenzado tres siglos antes daba sus dos últimos y estremecedores acordes: Cuba y Filipinas.

Y lo que fue, dejó de ser.

   Y unos, los que lo defendieron con dignidad y sin medios, lo lloraron. Y otros dijeron que bien muerto estaba el Cid y que su sepulcro debía ser cerrado con siete llaves. Cuando estas tristes palabras se pronunciaron, Franco aún no tenía seis anos. Aprendía en el colegio y ejercitaba luego sus progresos sobre textos deprimentes.

   Su conciencia infantil se fue formando en la idea de que España estaba enferma y ofendida y que ninguna cosa podía ser mejor que aprender a defenderla. Era aún un niño cuando expresó su deseo de ingresar en la Escuela Naval, pero la maltrecha hacienda española, incapaz de reponer los barcos que con tanta gloria acabábamos de perder, aconsejó el cierre de la Escuela. No podía ser marino, pero, por fortuna, aún estaban abiertos otros caminos para encauzar su firme voluntad de servir a la Patria.

 Ingreso en la Academia de Infantería

   El 21 de agosto de 1907 tenía 14 años cuando ingresó en la Academia de Infantería. Al contrariar su vocación, la Providencia empezaba a marcar el rumbo de su destino. De El Ferrol a Toledo.   De la húmeda Galicia a la dura estepa Castellana del Greco, donde durante tres años va a madurar su espíritu militar entre los muros de este Alcázar que, veintinueve años más tarde, iba a justificar su rango académico al explicar al mundo la difícil lección del heroísmo.

   Era el 13 de julio de 1910 cuando en el patio de esta fortaleza obtiene el despacho de Segundo Teniente de Infantería, y que tuvo precisamente por primer Alcaide a ese Cid enterrado bajo siete llaves, la estatua del Emperador Carlos V, que fue testigo de que el Alférez Francisco Franco juraba ante esta histórica bandera consagrar su vida a defender España. Cuando es destinado a El Ferrol para iniciar su vida militar en el Regimiento de Zamora número 8, aún resuenan las ondas de dos estampidos recientes que resumen el inquieto latido del pulso español en aquel tiempo: la bomba que el anarquismo arrojó al paso de la carroza de los Reyes el día de su boda y la trágica jornada en nuestro Protectorado de Marruecos, conocida como “el Barranco del Lobo”, lugar en el que una emboscada de los rifeños sobre una columna del Ejército cubrió de luto a la Nación.

   La urgente movilización y envío de tropas decretada por el Gobierno para contener el desastre dio pretexto a los agitadores extremistas para incitar a los soldados a negarse a embarcar y originar con ello sucesos tan sangrientos como los que llenaron la tristemente célebre Semana Trágica de Barcelona, en julio de 1909.

   Junto a la agitación extremista, era Marruecos, en efecto, la enfermedad más grave entre las muchas que entonces aquejaban a España. Desde hacía siglos que Ceuta, el Peñón de la Gomera, Alhucemas, Melilla y las islas Chafarinas eran españolas. Entre 1904 y 1911, los convenios internacionales suscritos por Francia, Inglaterra y España, con la ingerencia de Alemania, fueron variando y mermando sucesivamente nuestra Zona de Protectorado. El compromiso que España tuvo que aceptar, en definitiva, correspondía a esta Zona semidesértica, enfrentada geográficamente con el sur de nuestra Península.

Destino africano

   En 1912 solicita ir destinado a Marruecos como Segundo Teniente, incorporándose al 18 Regimiento de África, mandado por su profesor, el Coronel Villalba Riquelme. Entre los contingentes de tropas que siguen llegando a nuestra zona, desembarca en este puerto de Melilla un oficial que es casi un niño, aunque él trate de disimular este "defecto" dejándose un bigote representativo.   Ha puesto en juego para venir a África la primera y única recomendación de su vida» y pisa aquel suelo tan peligroso con la alegría del que va a ver realizarse su mejor ilusión.

 Y él entró en África, y África entró en él...

Puede decirse que no hay pausas mayores de dos leguas en toda esta ardiente geografía sin que el nombre de Franco esté gloriosamente unido, desde entonces, a sus piedras y a sus breñas. Y los de Izarduy, Xauen, Río Martín, Dar-Drius, Riffien, Llano Amarillo, el Gurugú, Tiffaruin y Alhucemas, figurando desde entonces en su hoja de servicios como una prolongación de sus apellidos.

   Su primer destino está en la columna del Coronel Villalba, que opera en vanguardia y está acampada en Tifasor. Desde allí envía a los suyos las primeras fotografías con la seguridad del que ha llegado al sitio soñado. Viéndolas, la expresión "ir a la guerra”, tan pesarosa siempre, parece tener ahora un nuevo significado.

   Recibe su bautismo de fuego en el asalto y conquista de la aldea de Haddú-Allalu-Kaddur el 14 de mayo de 1912. El General Berenguer, que dirige las operaciones, comenta con sus ayudantes:

   -¿Quién manda esa sección que funciona tan bien?

   -Un recién llegado, mi General, el Alférez Franco.

   Por primera vez suena su nombre en el ámbito de estos parajes que lo retendrán ya para siempre como un eco entrañable. Y por primera vez sus ojos asisten al emocionante momento de ver alzarse en victoria la bandera que juró en Toledo.

Ascenso a teniente

   Cinco meses después, el 13 de julio de 1912, obtiene su primer y único ascenso por antigüedad a Primer Teniente. En la bocamanga, la segunda estrella de seis puntas; en el pecho, la primera Cruz Roja del Mérito Militar. La segunda la ganaría un año después, incorporado a otro destino más arriesgado con el grupo de Regulares Indígenas, que tan acreedor de gratitud se va a hacer para los españoles al correr de los años. La impopularidad en España de la guerra de Marruecos movió al General Berenguer a la idea de organizar una tropa indígena que actuaría como fuerza de choque, y se escoge para mandarlos a los oficiales más hábiles y valerosos.

   En abril de 1913, el Teniente Franco solicita y obtiene el ingreso en las fuerzas Regulares Indígenas de Melilla, que al año de su fundación habían aportado al triste balance de nuestras pérdidas nada menos que el 40 por 100 de sus efectivos.

   En 1914 estalla la Primera Guerra Mundial. Durante tres años los nombres de Arras y Verdun, del Kaiser Guillermo II, del General Petain, de Clemenceau y de la coalición anglo-francesa van a hacer olvidar a los españoles, espectadores del conflicto ajeno, que en Marruecos sigue estallando la guerra cada mañana para millares de hombres que luchan hasta la muerte por un palmo de terreno, por un pozo, un barranco o una loma.

Ascenso a comandante

   A los tres años de su llegada, en 1915, Franco alcanza por méritos de guerra su tercera estrella. Tiene 22 años y es el Capitán más joven del Ejército.

   Fue en Biutz, donde en junio de 1916 le alcanzó la primera bala. En el furioso combate del Biutz tenía que tomar, al mando de su compañía, estas lomas conocidas por su buena fortificación y emplazamiento, así como las Lomas de las Trincheras. A mitad del asalto se encontró con el proyectil que le atravesó el vientre. Sigue, a pesar de ello, al frente de sus soldados y conquista la posición, pero poco después la hemorragia le desvanece. En una camilla es transportado al puesto de socorro, donde fue atendido por el Capitán médico don Enrique Blasco. La herida es de gravedad y se le traslada al Hospital Militar de Ceuta.

   De la dureza de aquel combate nos da idea el elevado número de bajas que tuvimos. La muerte estaba allí para todos. También para Franco. Pero este sonriente Capitán, tan repetidamente ofrecido a las balas, parecía tener, en efecto, lo que los moros que mandaba llamaban en su lengua “Al-baraka”. Tener “baraka” es para ellos tener la protección de las fuerzas mágicas. Por su comportamiento en la acción del Biutz, añadió a sus condecoraciones la Cruz María Cristina, la Medalla de Sufrimientos por la Patria y las tres estrellas de seis puntas se fusionaron en una de ocho. Tenía 23 años y era también ahora el Comandante más joven de España. Es propuesto para la Laureada.

 Destino: Oviedo

   Aún convaleciente, pide de nuevo el mando de las tropas en Marruecos, pero no hay vacante de Comandante y ha de aceptar destino en el Regimiento del Príncipe núm. 23, de la guarnición en Oviedo, aunque deja firmada una solicitud permanente para volver a África en cuanto haya ocasión. Por más de una razón, este destino de Oviedo será el tercer hecho providencial en la vida del futuro Caudillo.

   En agosto de 1917, el inquieto período de huelgas y disturbios culmina con el estallido de una huelga general revolucionaria en toda España. El Gobierno moviliza el Ejército y a Franco le toca apaciguar el foco más difícil: la cuenca minera de Asturias.

   Unos meses después, la Primera Guerra Mundial termina con la derrota del Imperio Alemán y sus aliados: los representantes de las potencias beligerantes firman, en el célebre vagón

La Legión

   Pero en el jubiloso horizonte de esta paz comienza a formarse la nube que va a ensombrecer el futuro. En este enrarecido otoño de 1918 es cuando Franco asiste a un curso para Jefes de Infantería, que tiene lugar en Valdemoro, y coincide allí con Millán Astray (30 de septiembre), con quien el destino va a unir en una fabulosa empresa común: la Legión. Franco solicita ingresar en la Escuela de Guerra para convertirse en oficial de Estado Mayor. No se le acepta por ser Comandante. Dos años más tarde, Millán Astray funda el llamado Tercio de Extranjeros y ofrece al Comandante Franco el puesto de lugarteniente.

 
 

   Llega a Oviedo el telegrama cuando Franco iniciaba los preparativos de su boda. Acepta en el acto y la boda se aplaza. África le llama. A los pocos días se reúne en Ceuta con Millán Astray. Con gran entusiasmo ponen manos a la obra. Se complementan bien Millán y Franco. El primero es, además de un gran militar, un romántico apasionado de elocuencia fulminante y valor paroxístico. El segundo, un organizador metódico, un estudioso que concede a su sereno valor, tan probado, un puesto secundario entre las virtudes que deben caracterizar al jefe militar. Ya están allí los primeros voluntarios de la Legión. Son hombres duros, heridos antes por la Vida quién sabe cómo y en qué nación. Millán Astray les habla fuerte y claro: “Habéis llegado aquí para morir. Al dejar atrás el Estrecho habéis perdido nombre, historia y familia. Aún es tiempo para renunciar. Bastará con que digáis al médico que os duele la garganta”.

   Pero a ninguno de aquellos hombres, legionarios ya del ¡Viva la Muerte! les duele la garganta ni les dolerá nunca. Con las tres primeras compañías se forma la Primera Bandera de la Legión, que va a mandar Franco a sus 27 años. Durante seis meses, aquellos hombres se entrenan férrea y disciplinadamente para el ejercicio de combatir. Franco exige mucho, pero sabe dar a sus legionarios nuevos edificios, talleres, servicios de agua, luz y alcantarillado, escuelas, locales de recreo, granja agrícola, criaderos de reses que proporcionarán a la Legión alimentos de calidad y hasta beneficios económicos para continuar las mejoras. Una auténtica obra de gobierno.

   Ahora ya es tiempo de que la Legión demuestre combatiendo la calidad del temple que le han dado sus jefes. En las conquistas de Xauen, Benilai y Bujarraz tendrán el honor de recoger sus primeros caídos y de ganarse, ya para siempre, el puesto preferente en la vanguardia.

El desastre de Annual

   En julio de 1921, el volcán africano acusa violentamente su actividad soterrada, abriendo su más trágico cráter: Annual.

   Los cabileños de Beni-Urriaguel, levantados por el cabecilla Abd-el-Krim, se lanzan furiosamente sobre las tropas del General Fernández Silvestre, que en los últimos meses han penetrado profundamente en territorio rifeño. Las noticias que llegan son desoladoras; las cifras de muertos y desaparecidos sobrecogen. El General Fernández Silvestre para unos ha muerto en combate, otros afirman que se ha suicidado. No es posible entender por qué se ha producido tal desastre. En muy pocas jornadas, los harqueños de Abd-el-Krim han operado un increíble avance. Melilla está en peligro y el pánico cunde entre la población civil. Se hace necesario el envío urgente de refuerzos desde otros puntos del Protectorado y desde la Península. La Bandera de Franco, que opera en el sector opuesto, en Larache, es requerida apremiantemente. En jornadas extenuantes, caminando día y noche sin saber bien qué ocurre pero intuyendo la tragedia, los legionarios de Franco, sin concederse un respiro, llegan a Ceuta y embarcan en el Ciudad de Cádiz rumbo a Melilla. Llevan dos noches sin dormir y han recorrido cien kilómetros en día y medio.

   A su llegada a Melilla, los legionarios han tirado por la borda su fatiga y desembarcan formados y cantando con su Comandante al frente. Y cuando con las improvisadas notas de “La Madelón” desfilan alegres por las calles, la zozobra de aquellas gentes se serena como por encanto y señalan al sonriente jefe que los precede: “Es Franco... mírale”. Y la aureola de salvador que irradia de su figura opera el milagro de contagiar la fe y garantizar la empresa.

   Y del barco al combate sin tomar un respiro. Bajo el terrible sol de agosto, nuestros soldados de todas las armas avanzan y mueren, fortifican y mueren, Millán Astray cae gravemente herido junto a Franco cuando le está dando órdenes, y éste, con 28 anos, se hace cargo del mando de la Legión.

   Son rescatados para las banderas de España, que combaten bajo el mando supremo de los Generales Sanjurjo y Berenguer, Tahuima, Segangan, el Gurugú, Zelúan y Monte Arruit y en todas partes aparecen a centenares los destrozados e insepultos cadáveres de sus defensores.

   El desastre de Annual ha hecho reaccionar por fin a la Nación española, que acusa vivamente el golpe de dos formas opuestas: la de los que ven en el ejército de África la encarnación sublime del mejor patriotismo y los que, emparentados con la agitación revolucionaria latente en la Península, han encontrado un buen bocado en el desastre y atacan al Ejército.

   En el Parlamento se abre el proceso de responsabilidades y se acuerda la limitación de la Campaña de África y la repatriación de tropas. Franco se duele, como todos sus compañeros, de la vacilante posición del Gobierno ante Marruecos, que tan mal se corresponde con el espíritu de los que allí se juegan la vida cada hora. Pero su pacto de entrega está por encima de lo político y sigue firme en su puesto de jefe accidental de la Legión, cooperando activamente a recuperar lo perdido.

   Por su comportamiento personal en el asalto y conquista de Dar-Drius, se le concede la Medalla Militar Individual, que le es impuesta en el mismo campo de lucha, al tiempo que al Teniente Coronel Núñez de Prado.

  Este año publica un libro titulado ”Diario de una Bandera”.

Nuevo ascenso

   En 1923, el Teniente Coronel Valenzuela sustituye a Millán Astray en el mando de la Legión, y a Franco, después de dos años y medio de campaña continuada, le asignan el destino a su antiguo Regimiento del Príncipe, en Oviedo.

   Parece que le ha llegado el tiempo de tomar un merecido descanso, pero la heroica muerte del Teniente Coronel Valenzuela, cuyo cadáver es llevado hasta Zaragoza por sus legionarios, deja a la Legión sin jefe y desde el Rey Alfonso XIII hasta el último soldado señalan a Franco como sucesor.

   Para que pueda tomar el mando de Jefe de la Legión, y pese a su juventud, es ascendido a Teniente Coronel el 8 de junio y, por segunda vez, se ve obligado a aplazar su boda. Tras un homenaje en Madrid, donde es nombrado por Alfonso XIII Gentil Hombre de Cámara, toma el mando de la Legión en Ceuta, a los diez días de su ascenso y a los tres meses de haber dejado África.

   El nuevo Teniente Coronel inicia las operaciones al mando de una Legión que ha redoblado su entusiasmo al verse dirigida de nuevo por su ídolo. Su leyenda de invulnerable, su competencia estudiosa para el combate, el valor que contagia y el riguroso cuidado en el arte de ahorrar las vidas de sus soldados, han hecho de él un jefe querido y deseado. Su eficiencia y aureola es tal, que decir Franco es decir victoria.

   La posición de Tifaruin, enclave vital para nuestra estrategia, está sitiada desde hace muchos días. Sus defensores, mandados por el Alférez de Ingenieros Topete, carecen de víveres y municiones. Por su heliógrafo han comunicado que es imposible prolongar la defensa ni un día más. Pero un avión vuela sobre ellos y les deja caer un mensaje:

   "Topete, eres un flamenco. Tened un poco de paciencia que vamos por vosotros. Señaladnos con lienzos blancos de dónde os tiran más para echarles todo lo que se pueda. Ya ha llegado Franco de Tetuán. Que tengáis todos mucha suerte".

   El heliógrafo de Tifaruin contesta:

   – “Si viene Franco, resistiremos. ¡Viva España ¡”

    Y Franco llega y salva.

 

Dictadura de Primo de Rivera y, por fin, su boda

   Mientras tanto, en la Península la descomposición política española obliga a un hombre recto y honrado a hacerse cargo del poder. El 13 de septiembre de 1923, el General Primo de Rivera, Capitán General de Cataluña, da un golpe de estado en Barcelona y proclama la Dictadura Militar, que es recibida en España entera con entusiasmo y aceptada por el Rey. De la mano del General, va a vivir España seis años de paz interna y de resurgimiento económico.

   Ese mismo año de 1923, en la iglesia de San Juan, de Oviedo, el Teniente Coronel Francisco Franco se casa con la señorita Carmen Polo y Martínez-Valdés. Es apadrinado por el Rey, que delega su representación en el General Losada. Una revista titulaba la noticia con una anticipada exactitud: “La boda de un caudillo heroico”.

   Su boda ha sido un breve paréntesis de su presencia en África, a la que regresa en las ultimas semanas del año y en donde su nombre va a seguir acumulando prestigio.   En febrero de 1925, por méritos en campaña, es ascendido a Coronel. Tiene 32 años y una vez más se repite la constante de ser el más joven en este cargo.

   De la estimación y aureola popular adquirida por Franco en toda la nación, da buena muestra esta expresiva carta que el Rey le envía con motivo de su ascenso y que él conservará entre sus más apreciados recuerdos:

   “Querido Franco:

   Al visitar el Pilar de Zaragoza y oír un responso ante la tumba del Jefe del Tercio, Rafael Valenzuela, muerto gloriosamente al frente de sus banderas, mis oraciones y mis recuerdos fueron para vosotros todos. La hermosa historia que con vuestras vidas y sangre estáis escribiendo es un ejemplo constante de lo que pueden hacer los hombres que lo cifran todo en el cumplimiento del deber. Toqué al Pilar esta medalla que te ruego uses, que Ella, tan militar y tan española, te protegerá seguramente. Mis felicitaciones y gracias por toda tu actuación y ya sabes lo mucho que te quiere y aprecia tu Afmo. amigo que te abraza.

Alfonso XIII

Madrid, 1 de mayo de 1925”

 

 El Desembarco en Alhucemas

   

 
El General Primo de Rivera pone proa decidida a la liquidación del problema de Marruecos. La clave es Alhucemas. Tres años antes, en su libro “Diario de una bandera”, el entonces Comandante Franco había escrito: “Alhucemas es el foco de la rebeldía anti-española, el camino de Fez y la salida corta al Mediterráneo. Allí está la clave de muchas propagandas que terminarán el día que sentemos el pie en aquellas costas”.

   Francia, agredida en su sector por Abd-el-Krim que amenaza Fez, decide colaborar con España y envía al General Petain, el vencedor de Verdun, a entrevistarse con Primo de Rivera.  En esta reunión, a la que es llamado Franco, se acuerda el desembarco en Alhucemas por las tropas españolas, con la colaboración de la marina francesa.

   Así, en septiembre de 1925 embarcan en los puertos de Ceuta y Melilla dos columnas, compuestas cada una de nueve mil hombres. La de Melilla, al mando del General Fernández Pérez, y la de Ceuta, cuya vanguardia ocupará Franco con su Legión, mandada por el General Saro. El General Sanjurjo será el jefe de la División de desembarco. La orden de operaciones pone en las manos de Franco el privilegio y la responsabilidad de una absoluta iniciativa.

   Ochenta buques españoles y franceses navegan hacia Alhucemas. Bajo el arco de los proyectiles, las barcazas de desembarco enfilan decididas a la playa. Las mareas no son propicias y las barcazas tocan fondo antes de lo previsto, imposibilitando el desembarque de los carros de combate que han de proteger a los hombres. Los momentos son críticos. Los cañones y las ametralladoras enemigas dominan la playa. Pero suena el clarín de ataque y los soldados y legionarios, con sus jefes al frente, saltan al agua y a pecho descubierto ponen el pie en la playa y conquistan las primeras posiciones.

   En la Revista de Tropas Coloniales, el propio Franco relatará después así los pormenores:

   “Se alcanza la primera firmeza de la arena y en ella se afianzan las ametralladoras y especialistas. Se trepa por los acantilados y en su amarillo reflejo destacan, como un sangriento rasgo, los colores de las banderas españolas que llevan los de las harkas. Legionarios y harqueños se apoyan fieramente en la empresa común. Nos hemos apoderado de la primera obra defensiva del enemigo. Se dejan atrás los campos de minas y se coronan brillantemente la primera y segunda fase previstas del combate”.

   Y así continúa el largo y minucioso relato de este testigo de excepción que tiene el buen gusto y la modestia de referir la batalla como si sólo hubiera sido espectador. En ella, con el resto de nuestras tropas, se han distinguido bravamente los legionarios de Franco y los harqueños de Muñoz Grandes que ha recibido en esta ocasión su novena herida en combate.

   Treinta días más tarde se culmina victoriosa y totalmente la operación iniciada con el desembarco, y Abd-el-Krim, el jefe insurrecto, se rinde a las autoridades francesas. En el Protectorado de Marruecos, después de tantos años, han terminado para siempre las amarguras y las zozobras. Ya es sólo un episodio guardado en el silencio de millares de tumbas. Pero para Franco y todos los que como él tan abnegadamente allí lucharon por el buen nombre de España, Marruecos será, ya también para siempre, una resonancia entrañable, un nexo de hermandad imperecedero, una impregnación telúrica que trasciende a la sangre. El Gobierno francés le nombra Comendador de la Legión de Honor (5/2/26).

Ascenso a General

   Con la pacificación de Marruecos, ha quedado cubierta la primera etapa de la vida de ese hombre llamado Francisco Franco, que ha dedicado su vida completa al servicio de España. En sus quince años africanos ha cubierto, en un inigualable récord, toda la carrera militar. Ahora no es sólo el General más joven de España, sino de toda Europa. Alguien recordará que a los 34 años sólo otro militar europeo ha obtenido tal categoría: Napoleón Bonaparte.

   A raíz de la pacificación de Marruecos, ha sido ascendido a General y manda la segunda Brigada de Madrid. Primo de Rivera, que ve en él al prototipo de militar, le requiere para que lleve a cabo una de sus aspiraciones más deseadas; la creación de la Academia General Militar. Ocurrió esto en marzo de 1927 y se eligió la ciudad de Zaragoza, tan vinculada al mejor heroísmo español, como sede de la futura escuela castrense.

   La obra era hermosa, pero había que comenzarla a partir de cero. De momento no había más que urgencia. Se eligieron para su edificación unos terrenos situados en el campo de San Gregorio y se le apuró para que en octubre del año siguiente comenzaran las clases. Había que hacer todo muy deprisa. La cosa era difícil y delicada y para muchos, imposible. Pero para este hombre, que tuvo siempre por norma llegar a tiempo cuando hay que llegar, las dificultades se allanaron a su voluntad y en el plazo marcado, aquel solar se había convertido en un colosal edificio, terminado hasta en los menores detalles y de tal perfección en sus instalaciones, organización y funcionamiento que cuando el Ministro de la Guerra francés, el célebre General Maginot, vuelve a París, después de visitarlo, declara: “España puede ufanarse de que su Escuela de Oficiales es el centro de este género más moderno del mundo”. El 5 de octubre, como estaba previsto, los cadetes de la primera promoción de la Academia General desfilan ante su Director y el Presidente del Gobierno. Franco les ha dado, además del edificio, los cimientos en los que van a edificar su futuro profesional, condensados en un decálogo, perfecta síntesis del espíritu militar español, que los cadetes observarán y conservarán como norma de conducta para toda su vida. En la formación de estas promociones pone todo el empeño y amor de que es capaz. Su entrega, como siempre, es total.

   Pero los tiempos vienen turbios para España y esta obra, lograda con tanto esfuerzo, está amenazada: el 29 de enero de 1930, después de haber dado a España seis años de recuperación moral y material, cae la Dictadura de Primo de Rivera, que es sustituida por el Gobierno puente del General Berenguer.

La República

   Los partidos de izquierdas y republicanos se movilizaron esperanzados, ante la que consideraban su ocasión. En diciembre, el Capitán Galán intenta sublevar a la guarnición de Huesca, haciéndolo él en Jaca. Lo hace con un elocuente bando antimonárquico que no deja lugar a dudas. Fracasa la sublevación y el Capitán Galán es fusilado.

   A los dos meses, cae el Gobierno Berenguer: la confusión aumenta. Es difícil formar nuevo Gobierno. Se llega a ofrecer puestos en él a los dirigentes del Comité Revolucionario que están en la cárcel. Por fin, el Almirante Aznar consigue formar un Gobierno poco representativo que no parece tener otra misión que la de preparar unas elecciones municipales. El 12 de abril de 1931 se celebran las elecciones municipales y las urnas reciben en toda España las papeletas de los desconcertados electores.

   Los primeros resultados son confusos; faltan aún muchas listas que cotejar, pero la ventaja obtenida en las grandes capitales por los republicanos para las alcaldías prende eufóricamente la mecha y dos días después, el 14 de abril, las gentes de algunas ciudades se lanzan a la calle pidiendo la República. La República ha venido, nadie sabe cómo ha sido, porque resulta que cuando se completan las listas de todo el país, el triunfo ha sido para las alcaldías monárquicas. Pero ya es tarde: la República está instalada por los que más gritan saltándose el orden constitucional, y el Gobierno carece de fuerza para hacer bajar de los techos de los tranvías a los que se han encaramado allí con su nueva bandera.

   En Barcelona, el Presidente de la Generalidad, el señor Maciá, por su cuenta y riesgo, había proclamado un día antes que en Madrid la “República Catalana”, iniciando así la destrucción de la unidad política que crearon los reyes Católicos Isabel y Fernando. Alfonso XIII, que se dio cuenta del enfrentamiento que corría por la Nación, mantuvo una actitud de extrema prudencia y juicio sereno por lo que, para evitar derramamientos de sangre entre españoles, impidió el uso de la fuerza que le brindaban sus fuerzas monárquicas leales, desconocedor de que el choque de las dos Españas era ya inevitable. Pocos días más tarde iniciaba un exilio que seria definitivo.

   La primera consecuencia desagradable, incluso para muchos que votaron o aceptaron la República con esperanza, fue la innecesaria sustitución de la tradicional bandera de España por otra tricolor sin abolengo. La nueva bandera se izó en toda España y también en la Capitanía General de Zaragoza, pero no así en la Academia General, donde su Director dispuso que continuaría la misma hasta que oficial y reglamentariamente se sancionase el cambio. Este gallardo y leal gesto de Franco, más valioso por ser a contracorriente de la tendencia generalizada, no pasó desapercibido para las nuevas autoridades republicanas.

Los desmanes de la República

   El régimen recién instaurado va a demostrar bien pronto y durante cinco años (1931-1936) una incapacidad defraudadora. A los pocos días, arden las iglesias y los conventos de Madrid, ante la pasividad de las fuerzas de orden público y de los bomberos que acuden a los lugares incendiados, pero su actuación, por orden expresa de las autoridades republicanas, es vigilar únicamente que el fuego no destruya más que los templos.

   Manuel Azaña, intelectual convertido en Ministro de la Guerra, comienza enseguida la reducción del Ejército. Y entre las muchas disposiciones que dicta figura la de suprimir de un plumazo la Academia General de Zaragoza. Cuando Franco recibe la noticia, siente que algo muy entrañable y necesario se resquebraja, que el sentimiento se alza en protesta de rebeldía, pero él es militar y sabe que su primer postulado es el acatamiento al mando: la disciplina.

   En efecto, en el patio de aquel edificio que él levantó tres años antes, se despide de sus cadetes con una alocución histórica: “El concepto de disciplina reviste su verdadero valor cuando el pensamiento aconseja lo contrario de lo que se nos manda, cuando el corazón pugna por levantarse en íntima rebeldía o cuando la arbitrariedad o el error van unidos a la acción del mando. Esta es la disciplina que practicamos. Este es el ejemplo que os ofrezco".

   Se deshace la máquina, pero la obra queda: 720 oficiales formados allí en esos tres años, justificarán más tarde la eficacia del Centro que se ha clausurado tan injustamente.

   Las palabras de Franco a los cadetes no le han gustado nada al Ministro Manuel Azaña, que al recibirle con motivo de su nuevo destino, le dice, a modo de aviso amenazante: “Creo que no ha pensado bien lo que les dijo a los cadetes". Con el aplomo de su entereza le responde Franco: “Yo nunca digo nada que no haya pensado antes en todas sus consecuencias". Esta amonestación ministerial es anotada en su Hoja de Servicios como única nota desfavorable en toda su carrera militar.

   La demoledora y sectaria política del Gobierno republicano no sólo se ha ensañado con el Ejército; su lamentable actuación presenta en un año este ensombrecedor balance: innumerables huelgas y proliferación de la ideología comunista, que celebra congresos bajo la presidencia honoraria de Stalin, Molotov, Borochilov y Marty; cierre de universidades, supresión de periódicos, encarcelamientos en masa, represiones sangrientas, cosechas incendiadas, medio millón de obreros parados y el crucifijo suprimido obligatoriamente de las escuelas. El Presidente del Gobierno hace públicamente esta declaración: “España ha dejado de ser católica".

   Pío Baroja, el gran escritor de tan sincero liberalismo, corrobora el desastroso balance con estas palabras: “Los meses que llevamos de República han producido más muertos que cuarenta años de monarquía". El descontento y la inquietud prenden hasta en los que, con la mejor buena fe, aceptaron la República y se inicia la reacción contra el caos que se anuncia y aumenta.

   Se constituyen agrupaciones sindicales como Acción Nacional, y Ramiro Ledesma funda “La conquista del Estado", órgano de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista, que acaudilla en Valladolid Onésimo Redondo.

 
 

La Sanjurjada

   El 10 de agosto de 1932 el General Sanjurjo, al frente de un puñado de militares y civiles, intenta en Sevilla y Madrid alzarse contra esta situación de anarquía. Fracasado el intento, el General es condenado a muerte. Conmutada después la pena, el militar que en Marruecos ganó la Laureada, es recluido en un penal con los presos comunes.

   El año 1933 se abre con la matanza de Casasviejas, un pueblecito de Cádiz, donde los anarquistas e intelectuales andaluces incitaron a los campesinos a acelerar por su cuenta la obra de expropiación de tierras, iniciada por el Gobierno. Las consecuencias de la brutal represión ordenada por Azaña contra estos crímenes son difundidas ampliamente por la prensa y hacen tambalearse al Gobierno, que carece de fuerza moral y queda sin el apoyo de sus más incondicionales partidarios.

   Los españoles que no estaban involucrados en el juego de estas camarillas políticas, comienzan a reaccionar activamente contra el desgobierno y se agrupan en torno a hombres como Calvo Sotelo, Goicoechea, Maeztu, Pradera y Gil Robles, que se enfrentan en el Parlamento y fuera de él contra los partidos de izquierdas.

   José Antonio Primo de Rivera, hijo del insigne General, en un memorable acto en el Teatro de la Comedia de Madrid, funda Falange Española y anuncia que no se trata de la creación de un partido más, sino de un movimiento que no se inclina ni a la derecha ni a la izquierda, que define al hombre como “portador de valores eternos” y que proclama la Patria como una unidad indisoluble.

 
 

La Revolución de Asturias

   En diciembre de 1931 habían nombrado a Franco Jefe de una Brigada con sede en La Coruña y en 1933 se hace cargo de la Comandancia Militar de Baleares, aunque en realidad el destino sea una especie de confinamiento vigilado. Desde Mallorca, Franco sigue al minuto el desalentador curso de los acontecimientos. Hasta allí han ido a solicitarle los partidos de derechas para que acepte ser incluido como candidato a diputado en las próximas elecciones. Por un momento duda, pero su instinto le advierte dónde está el puesto de mayor eficacia, y renuncia. En octubre de 1934, como antidemocrática reacción contra el arrollador triunfo de las derechas en las elecciones del año anterior, el Partido Socialista y su sindicato UGT dan la orden de ataque y estalla en toda España una huelga general revolucionaria.

   En Madrid son continuos los tiroteos, los cacheos y las detenciones. La forma habitual de andar por la calle de los que no tienen más remedio que aventurarse a hacerlo, es con los brazos en alto. El Ejército tiene que hacerse cargo de los servicios más indispensables. Cualquiera puede morir de un balazo perdido hasta dentro de su casa.

   En Cataluña y en Asturias la huelga tiene focos aún más virulentos. Nacionalistas y mineros amenazan con hacerse dueños de la situación. El Ministro de la Guerra, Diego Hidalgo, que ha descubierto hace tiempo los fundamentos del prestigio de Franco, le hace llamar urgentemente y pone en sus manos el difícil restablecimiento de la legalidad. Día y noche, desde el gabinete telegráfico del Ministerio, Franco recibe información y dicta órdenes. El día 7, cañoneada por las fuerzas del Gobierno, se rinde en Barcelona la Generalidad de Cataluña, autoproclamada como República independiente, y se restablece el orden en la provincia.

   Pero en Asturias la resistencia es más enconada. Los sublevados han conquistado prácticamente Oviedo y se han entregado a los más sangrientos excesos. Las columnas que marchan contra ellos, mandadas por los Generales López Ochoa y Boch, constan de pocos hombres y tropiezan con las dificultades que presentan la escasez de comunicaciones y el corte de puentes y carreteras.

   Por todo ello, Franco se ve obligado a determinar el envío por mar de fuerzas desde África, al mando del Teniente Coronel Yagüe. Una vez más Franco acierta: la incorporación de estas aguerridas tropas resuelve favorablemente la contienda y el día 12 de octubre entran en la capital de Asturias que, incendiada por los sublevados en su desbandada hacia los montes, presentaba un martirizado aspecto. El 24, acompañando al Ministro de la Guerra, Franco llega a Oviedo, siendo recibidos por el General López Ochoa. Con más de dos mil muertos termina la llamada “Guerra de los quince días”, que constituyó una estremecedora tentativa de comunismo libertario, de desmembración de la Nación y, en realidad, el inicio del conflicto civil que asolaría toda España 20 meses más tarde.

   El Gobierno de Lerroux le concede la Gran Cruz del Mérito Militar por su actuación durante la Revolución de Asturias y le nombra Comandante en Jefe del Ejercito de Marruecos. El 17 de mayo de 1935 el Gobierno de Gil-Robles le nombra Jefe del Estado Mayor Central, en realidad Jefe del Ejército, máximo cargo de la carrera militar.

El exilio en Canarias por orden de Azaña

   Una calma aparente se extiende por España desde principios de 1935. Pero la revolución no ha sido vencida. Convocadas elecciones para el 16 de febrero de 1936, sin esperar el escrutinio definitivo, comienza, incontenible para el desgobierno republicano, el desbordamiento rojo que pone en práctica la consigna de Moscú con la creación en España de un Frente Popular, tal y como unos meses antes había pronosticado José Antonio en una carta dirigida al General Franco, que concluía con estas clarividentes palabras: “Una victoria socialista tendría el valor de una invasión extranjera”.

   Con el advenimiento del Frente Popular, en febrero de 1936, vuelve al poder Manuel Azaña, promotor destacado en la pasada revolución de octubre, aplastada por el Ejército bajo la dirección de Franco. Nada más llegar, destituye a Franco de la Jefatura del Estado Mayor Central, y le busca un nuevo confinamiento. Y en su obstinación de alejarlo lo más posible, comete la venturosa ingenuidad de enviarlo a Canarias.

   Nadie puede asegurar entonces que Franco, a pesar de su definida posición antimarxista, haya sido desleal a la República. Agotando la esperanza de un posible retorno a la legalidad, se ha mantenido disciplinadamente en su puesto y ha colaborado con alguno de sus gobiernos cuando, como en octubre de 1934, ha sido requerido para salvar la situación. En los momentos más delirantes de las masas, se ha entrevistado abiertamente con el General Pozas, Director de la Guardia Civil, para prevenirle de la realidad y con el Ministro de la Guerra, General Melero, para sugerirle la conveniencia de proclamar el estado de guerra, y con el Presidente del Gobierno, Pórtela Valladares. Aquellos dos militares le dijeron que los desmanes eran “legítima expansión de la alegría republicana” y el Presidente que “es ya viejo y carece de las energías suficientes para enfrentarse con la situación”.

   Antes de emprender su viaje a Canarias, habla con el Presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, quien le responde de mala manera: “Váyase tranquilo, que en España no triunfará la doctrina soviética”. Franco le responde: “De lo que estoy seguro es de que donde yo esté no habrá comunismo”. El deber ha sido cumplido hasta el final: establecidos en Madrid los enlaces de información, Franco, con su mujer y su hija, llega a Cádiz y embarca en el buque Domine, rumbo a Canarias. La última imagen peninsular que se lleva en sus ojos es la de los templos gaditanos ardiendo.

José Antonio encarcelado

   Con la destitución ilegal de Alcalá Zamora, el 7 de abril de 1936, comienza el último acto de la tragedia republicana, que se inicia con una gran parada roja en la capital de la Nación. El Frente Popular sirve de biombo amparador del golpe de Estado que prepara el marxismo concienzudamente para no errar esta vez el golpe. El diario británico “The Times” comenta en un artículo que el alzamiento rojo para la implantación del soviet en España, se produciría con ocasión de la Olimpíada Internacional Obrera, convocada para el mes de julio en Barcelona.

   El clima se tensa por momentos. Por las calles y en las carreteras, pandillas de hombres armados, fuerzan a las gentes a dar un donativo exigido para el Socorro Rojo Internacional. Las muchedumbres en manifestación gritan: ¡Viva Rusia! y ¡Muera España! Las mujeres frentepopulistas vociferan: ¡Hijos sí, maridos no! y hasta sus niños repiten lo que se les ha enseñado: ¡Ni Dios, ni Patria, ni padres!

   José Antonio Primo de Rivera, que había sufrido cinco atentados criminales, es detenido y encarcelado al descubrir que portaba una pistola y se le traslada con gran aparato de vigilantes y precauciones a la cárcel de Alicante.

Calvo Sotelo es asesinado por orden del Gobierno

   Ya entrado el mes de julio, en el Parlamento, tras una valiente intervención de Calvo Sotelo, monárquico y líder de las derechas, en la que hace el aterrador balance de los caóticos y desastrosos resultados del gobierno del Frente Popular, el Ministro de la Gobernación, Casares Quiroga, le amenaza tan vil y claramente que Calvo Sotelo se da por advertido con estas palabras: “La vida podéis quitarme, pero más no podéis". De formular la sentencia se encarga una mujer, diputada comunista: Dolores Ibarruri, “La Pasionaria”, que al término de la histórica sesión, afirma estas rotundas palabras: "Ese hombre ha hablado hoy por última vez”.

   Y ante la estupefacción general, la República comete su peor y más abyecto error: el asesinato oficial del adversario político. En la madrugada del 12 al 13 de julio, Calvo Sotelo es detenido en su hogar por un grupo de guardias de asalto del cuartel de Pontejos, dependiente directamente del Ministro de la Gobernación. Cuando es trasladado en la camioneta de la fuerza pública, un cobarde tiro en la nuca pone fin a la vida de este gran español. Su cadáver es arrojado por los mismos guardias asesinos a las puertas del cementerio. La noticia, que congeló el ya inerte pulso de toda la ciudadanía civilizada, fue recogida por los periódicos con estas sintomáticas diferenciaciones:

   “El entierro del despojo sanguinolento en que la República ha convertido a este enemigo tan declarado y tan valeroso, constituye una apretada manifestación, en la que trasciende que las tibiezas y las dudas han llegado al límite”.

   Cuando Franco recibe en Canarias tan terrible noticia, su gesto se ensombrece y dice escuetamente: “es la señal”.

   Así, la incontenible hostilidad de Casares Quiroga hacia Calvo Sotelo va a permitir que su cadáver haga a España su mejor servicio: el de favorecer que el Alzamiento Nacional pueda anticiparse a la fecha prevista por los comunistas para establecer la ya casi ultimada revolución roja que implante en España, bajo los auspicios de la U.R.S.S., la segunda ”dictadura del proletariado”.

El Alzamiento Nacional

   Ante estos acontecimientos, en África, reunidos en Llano Amarillo con motivo de unas maniobras, 20.000 hombres están prácticamente en pie de guerra contra el gobierno del Frente Popular.

   Todo está pendiente de la fecha que Franco designe para llegar a Marruecos y del aviso que envíe desde Navarra el General Mola. En la noche del 17 de julio, Franco recibe el telegrama que le da cuenta de la sublevación del ejército de Marruecos. Burla la vigilancia estrecha a que está sometido por las autoridades civiles y en una avioneta de turismo inglesa, enviada desde Londres por un colaborador, emprende el vuelo hacia Tetuán. Sus palabras de despedida han sido de una fe ciega en el triunfo.

   Tras un azaroso viaje con escalas en Agadir y Casablanca, Franco llega a Tetuán para tomar el mando del Ejército de Marruecos. Su presencia va a comunicar enseguida confianza en la empresa, va a elevar la temperatura del entusiasmo y va a captar a los propios marroquíes, poniendo una repentina claridad en el nublado horizonte.

   Los confusos rumores que en la tarde del día 17 habían recorrido Madrid como una descarga eléctrica, se canalizaban en la mañana del domingo 18 por medio de una nota oficial emitida por radio: “Parte del Ejército de Marruecos se ha sublevado. Las fuerzas gubernamentales se dirigen contra el foco insurrecto y la normalidad es absoluta”.

   Pero mientras periódicos y radios tratan de tranquilizar los ánimos restando importancia a lo que ocurre, se produce la enorme contradicción del reparto de armas a los militantes de los partidos y sindicatos del Frente Popular: fusiles, bombas de mano, pistolas, ametralladoras y aun los cañones, son entregados indiscriminadamente a miles de civiles exaltados por un Gobierno irresponsable que colaboró de esta forma con unas izquierdas revolucionarias y sectarias en las matanzas incontroladas que pronto inician los llamados “milicianos”, verdaderas hordas del terror rojo que fusilan indiscriminadamente y sin juicio ninguno a los que les parecen “sediciosos” o simplemente de derechas. Para redondear su desastrosa actuación, el Gobierno pone en libertad a los presos comunes y cursa una urgente petición de ayuda al Frente Popular Francés.

   Así, el 18 de julio España queda dividida en dos: las ciudades más importantes en su censo, industria y agricultura, como Madrid, Barcelona, Bilbao y todo Levante, están en poder de la República. En Barcelona, el Alzamiento estaba confiado al General Goded, uno de los más prestigiosos jefes militares formados en África, pero sus efectivos de 2.000 hombres en total contra 50.000 fusiles marxistas fueron pronto aplastados. Barcelona se había perdido para la causa nacional y el General Goded fue fusilado.

Matanzas y saqueos en el bando republicano

   En Madrid, entablada la lucha en torno a cuarteles y campamentos, y asesinado el General García de la Herán, el General Fanjul trata de sostenerse en el Cuartel de la Montaña, sitiado por una muchedumbre de milicianos armados y asistidos por artillería y aviación. La desigualdad de las fuerzas le hace caer al fin y sus defensores son reducidos y asesinados allí mismo por los revolucionarios, como lo demuestran las impresionantes fotografías tomadas en el patio del cuartel . Madrid queda en poder de las masas exaltadas y el salvajismo culmina sin el menor freno del Gobierno.

   Se reproducen los incendios, los saqueos en los barrios acomodados, las profanaciones de Iglesias y centros religiosos y los asesinatos; la apacible palabra “paseo" se enriquece ya para siempre con una acepción trágica: el asesinato sin juicio en cualquier cuneta. En Sevilla, en Navarra, en Valladolid y en todas las ciudades donde ha triunfado el Alzamiento, la población civil, desde el labriego al técnico universitario, acuden a nutrir los reducidos efectivos militares de la zona desde ahora llamada “Nacional”.

   Si se tiene en cuenta que lo más efectivo de los sublevados residía en el Ejército de África y no era empresa fácil transportarlo a la Península por estar el Estrecho en manos de la escuadra republicana, se considerarán como lógicas las palabras de Indalecio Prieto (PSOE), que en una alocución exuberante decía: “¿Adónde van esos locos? Nosotros tenemos las principales ciudades, los núcleos industriales, todo el oro del Banco de España, inagotables reservas de hombres, y tenemos la Escuadra”. A estas verídicas afirmaciones, Franco opone las suyas: “Es verdad, ellos lo tienen todo, todo, menos la razón”.

Y se lanza a la aventura de atravesar el Estrecho de Gibraltar.

   El día 5 de agosto, en unas horas de riesgo incalculable y después de afrontar victoriosamente combate con la desnaturalizada Escuadra roja, cuyos oficiales habían sido asesinados por los revolucionarios, la razón de Franco quiebra el bloqueo del estrecho y el convoy llega a Algeciras.

   En el monte Hacho (Ceuta), desde donde Franco ha presenciado la operación, un monolito recuerda esa hazaña. Con la aportación de las tropas de Marruecos, el Ejército del Sur pone en marcha cuatro columnas hacia Madrid, al mando del Teniente Coronel Yagüe que, saliendo de Sevilla, el día 12 de agosto conquistan Badajoz y permiten la conexión con el Ejército del Norte, unificando así la zona controlada por los alzados contra el Frente Popular.

   En esta zona, el General Mola conquista Irún, la ciudad fronteriza, que es incendiada por las hordas rojo-separatistas que huyen derrotadas a Francia. El Ejército republicano en el norte pierde con ello un enclave vital y queda prácticamente aislado.
 
El Alcázar de Toledo

   Por el sur, continúa la progresión del avance hacia Madrid con la conquista de Talavera y Torrijos, claves esenciales para la toma de Toledo. La ciudad, a 70 kilómetros de Madrid, está totalmente controlada por la República, con la excepción del Alcázar, donde desde el mismo día 18 de julio el Coronel Moscardó, con 1.100 hombres, 520 mujeres y 50 niños, se ha unido al Alzamiento y soporta un terrible asedio, e incluso ser conminado a rendirse a cambio de la vida de su hijo, lo que el moderno Guzmán el Bueno rechaza con impresionante entereza en una estremecedora conversación telefónica. Los inhumanos frentepopulistas cumplieron su amenaza y asesinaron al hijo de Moscardó, pero el Alcázar no se rindió.

   Durante 68 días, la fortaleza recibe un alud de fuego y metralla, más de 15.000 proyectiles de artillería, 500 bombas de avión y tres minas de formidable poder. El Frente Popular había anunciado repetidas veces la toma del Alcázar, pero la falsa noticia era desmentida por los hechos. Decididos a terminar de una vez, se proyecta la explosión de una mina definitiva, a cuyo acto se invita a miembros del Gobierno tan caracterizados como Largo Caballero y La Pasionaria.

   Y la mina estalla, destruyendo lo que quedaba del recio edificio y los sitiadores se lanzan al asalto. Pero el Alcázar no se rinde. Como en el ya lejano episodio de Tifaurin, un avión sobrevuela a los héroes sitiados para enviarles un mensaje de Franco. La carta, que se conserva en el Museo del Ejército, dice así:

   “Un abrazo de este Ejército a los bravos defensores del Alcázar. Nos acercamos a vosotros, vamos a socorreros, mientras resistir, para ello os llevaremos pequeños auxilios. Vencidas todas las dificultades, avanzan nuestras columnas doblegando resistencias ¡Viva España!, ¡Vivan los bravos defensores del Alcázar!"

   Alguien había preguntado a Moscardó por qué mantenía una defensa imposible y el héroe había contestado que porque tenía fe en Franco. Esa fe, como la de tantos otros que antes y después supieron tenerla, se vio premiada con la liberación.

   El 28 de septiembre, al pisar los libertadores las ruinas inmortales, el defensor de la fortaleza dice escuetamente: “Sin novedad en el Alcázar, mi General", como si nada hubiera pasado. Un periodista extranjero escribe al contemplar estos hechos: “Arrodillémonos ante estos hombres: son la dignidad del mundo. Ellos nos engrandecen con su heroísmo. Por ellos estamos seguros de que el alma humana es todavía capaz de infinita grandeza".

Jefe de un nuevo estado

   Dos días después, ante la necesidad de un mando único en la zona nacional, se reúnen en el barracón de un aeródromo militar en tierras de Salamanca, los Generales Cavanellas, Mola, Kindelán, Queipo de Llano, Orgaz, Gil Yuste, Dávila y Saliquet; y Franco es elegido Generalísimo de los Ejércitos y Jefe del nuevo Estado.

   El 11 de octubre de 1936, a los 43 años de edad, Franco tomaba posesión en Burgos del mando supremo de la Nación. Es el General Cavanellas quien se lo entrega con estas palabras: “Habéis sido designado por vincularse en vos las energías y todas las virtudes de la raza”.

   A las que Franco respondió:

   “Ponéis en mis manos a España y yo os aseguro que mi pulso no temblará. Elevaré la Patria a lo más alto o moriré en el empeño lo mismo que lo hacen esos bravos falangistas y requetés, esos bravísimos soldados"

   Y cuando, respondiendo al entusiasmo del pueblo que le aclama jubiloso, aparece en el balcón de la Capitanía General, sus palabras se hacen más directas: “Nuestro gobierno será un gobierno para el pueblo y se engañan quienes crean que venimos a sostener privilegios del capitalismo”. Desde este histórico día de octubre comienza a gravitar sobre él la carga entera del compromiso, las esperanzas y las vidas de millones de personas, el ser o no ser de España, el inexcusable aplazamiento a juicio que le hace la historia. A partir de este momento, según acabamos de decir, se inicia el período que corresponde a su magistratura al frente del Estado español, al que llevará, desde el caos sangriento de 1936, a la venturosa, próspera y pacífica España que nos dejó en 1975.

 
 
 
 


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