Actualidad
 
 
 
Las crisis actual: los valores

José Alfredo García Fernández del Viso, licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo

Llegan fechas entrañables jalonadas por la Natividad de nuestro Señor Jesucristo.

Hace 2011 años el Mesías, el Salvador vino a nosotros, se hizo hombre e impartió su predicamento en una sociedad la de entonces perseguida y martirizada, a través de hechos y aconteceres.

Son fechas para algunos de alegrías, pero para muchos otros de tristezas y melancolías ya que el devenir inexorable del tiempo hace que los mayores vayan faltando, y esas mesas antaño con varios comensales, van menguando debido a la llamada del Divino.

Este año que ya está feneciendo, ha sido de tiempo duro y difícil, dónde una crisis general ha hecho mella en la práctica totalidad de las familias españolas.

La economía española ha decaído a niveles difícilmente imaginables, con una tasa de paro elevadísima, todo ello fruto de un gobierno pertinaz e incongruente hasta sus últimas consecuencias.

Sin embargo debemos hacernos una pregunta, ¿crisis económica, bursátil o crisis de mayor calado?

La sociedad española actual está inmersa en una crisis brutal dónde lo que se debate en cierto modo es la “idoneidad del sistema”.

Nos encontramos en un momento de fallo del sistema, desde hace 36 años hasta esta parte el deterioro de la sociedad española ha sido continúo, hasta conseguir hacer que lo anormal sea normal, y lo amoral como moral.

Es cierto que España está sufriendo en la actualidad un problema financiero y económico colosal, pero no es menos cierto que lo que “algunos” llaman crisis, no deja de ser consecuencia de la dramática falta de valores imperante en nuestra nación.

España durante cuarenta años, hasta el 1975 fue una nación floreciente, creciente e incluso envidiada, todo fruto de una política seria, cabal y fructífera, pero asentada en unos recios valores, en unos serios principios y en unas férreas ideas.

En aquel entonces, no tan lejano, en España había trabajo, prosperidad, pero también fundamentos, ya que un país sin fundamentos no es nada, sino una mera entelequia.

Esos fundamentos que hicieron de España una nación, única, grandiosa y realmente libre, desde el 20 de noviembre de 1975 se han intentando dinamitar por todos los medios, hasta su aniquilación total tras más de tres décadas, dónde lo importante ha dejado de ser la grandeza de un país para pasar a ser la grandeza del egoísmo.

España se formo bajo los principios de la cristiandad, desde tiempo muy remoto nuestros ante pasados han sufrido la persecución mas violenta y el sufrimiento más visceral, para poder formar una gran nación. Aquí llegaron romanos, árabes con una religión altamente perniciosa, suevos, vándalos y alanos, para concluir en épocas más recientes con monarquías o repúblicas de dudosa reputación.

Todo ello se intentó dinamitar durante los años 30 del siglo pasado, mediante huestes enfurecidas contra todo lo tradicional y enfervorizadas ante la dictadura soviética – marxista. Sin embargo ante ello se alzaron millones de españoles capitaneados por el militar y estadista a la vanguardia de entonces, Francisco Franco, para ponerle freno, y devolver a España, a la senda del camino recto sin embajes.

Un camino basado en los principios inalienables que desde antaño habían sustentado al pueblo español.

Sin embargo llega el año 1975, fallece el centinela de Occidente en una cama de su Seguridad Social. El sistema creado para la grandeza del pueblo español, comienza a ser derribado desde dentro del propio sistema, las lealtades se olvidan, y los “liberticidas” irrumpen con toda fuerza.

La diatriba contra el mismo ser de España, contra su “sustancia” es letal, no lo consiguen en un período corto de tiempo, pero al fin lo han logrado tras un período medio.

Nos encontramos en un país dónde las obligaciones han desaparecido, pero dónde el allanamiento a todo es un hecho. No existe el esfuerzo, no existen los cotos, sino más bien se ha creado un “buenismo” ya insoportable.

La sociedad desde las más altas instancias ha sido anestesiada, no con un fármaco local o regional, sino general hasta lo más profundo del ser.

España ha dejado de ser España para convertirse en una entelequia pactada por varios organismos nacionales pero bajo la tutela de otros tantos internacionales.

Aquella sociedad aguerrida, esa sociedad que luchaba por unos ideales, se ha convertido en un rebaño de ovejas al dictado del poder, sin ningún razocinio y lo que es más alarmante con pocos síntomas de despertarse.

Principios como el deber, la responsabilidad, la moralidad, la disciplina, se han olvidado, para substituirlos por otros como la desvergüenza, la desfachatez o la pasantía.

El concepto de compromiso no existe, ya que lo que prima por encima de todo es una concepción general de conseguirlo todo de un modo extremadamente fácil. Antaño el compromiso significaba mucho, en la actualidad no significa nada, se ha cambiado por la dejadez, existiendo al efecto una sensación general de no querer comprometerse con nada ni con nadie.

La sociedad que olvida a sus mayores se termina olvidando así misma. En la actualidad constituye una muestra más de la degradación que sufrimos. Ya nos estorban los mayores, incluso una partida de los presupuestos generales del Estado se destina a proteger y amparar una Ley denominada como de Dependencia, cuándo no pasados demasiados años, se inculcaba el amor hacia la familia, la protección, y el acompañarlos hasta el último aliento de sus vidas.

Han sido demasiados años de destrucción moral, por desgracia tenemos perdidas varias generaciones, sin posibilidad de recuperación posible. Todos nos acordamos del conocido como “viejo profesor”, el cual enseñaba de un modo fructífero el aprendizaje del emborrachamiento a través de la celebre “litrona.”

La sociedad de hoy en día no despierta, sigue en cierto modo durmiendo el sueño de los justos, gracias a esas “litronas” y a otros componentes.

Nuestros jóvenes los amamanta el sistema con el espectáculo del “botellón”, de las drogas dónde el porro se ha convertido en un icono a adorar, o de la inmoralidad más absoluta.

Todo ello aderezado con un sistema educativo paupérrimo. Desde niños el sistema ya actúa invirtiendo todo el orden moral, de hecho hace relativamente no mucho tiempo se les adoctrina mediante una nueva asignatura denominada “educación para la ciudadanía”. El esfuerzo en todo el sistema educativo brilla por su ausencia, la autoridad del antaño maestro no existe, el respeto es inexistente, todo ello buscado por la propia comunidad educativa dónde el “usted” se ha trasformado en el “tu” o en el lamentable “tío”.

Durante el período franquista se contaba con un tercio de los medios actuales, sin embargo la formación de los profesores era elevadísima, revirtiendo todo ello en unos alumnos con unos conocimientos más que notables. En aquellos años el que estudiaba una carrera trabajaba sin problemas, hoy en día poseemos un alto porcentaje de universitarios en paro con un nivel en formación general más que lamentable.

Nos hallamos en un país dónde la normalidad no existe, sino la anormalidad más flagrante. Desde las más altas instancias no interesa tener a una sociedad formada, luchadora y comprometida, sino que priman las gentes sin valores y sin compromisos, ya que de esta forma las conocidas como “poltronas” están aseguradas.

Se castiga de un modo durísimo a la familia tradicional, se intenta destrozar ese ente que tanto bien ha producido a nuestra sociedad, creando unos nuevos entes que denominan familiares, pero que no son más que puro artificio, incluso entregando en adopción a un niño a dos personas del mismo sexo.

Un sistema que consiente el asesinato de miles de seres inocentes al año, simplemente por el mero hecho de querer nacer, dónde una niña sin razocinio puede dictar sentencia de muerte a su libre albedrío.

La ley dice que nuestro Estado tiene abolida la pena de muerte, ¿y los 50.000 seres asesinados en el vientre de su madre al cabo del año?

Una muestra más de lo que denomino como “buenismo”. La justicia no existe, ya que se ha elevado a los altares al delincuente y se ha conducido al infierno a la víctima.

El perdón siempre va encaminado al verdugo, con una especie de culpabilidad de la propia sociedad por no haber sabido enseñarle “los valores del sistema”. Mientras la víctima es olvidada y despreciada, no cabe más que mirar hacia las Cortes Españolas, dónde 7 individuos se han sentado en unos escaños cobrando del erario público español, mientras mil personas yacen bajo el suelo patrio pudriéndose sus cuerpos.

La sociedad española ha olvidado tantas obligaciones, y ha adquirido tantos compromisos con entes “extraños”, que la solución desde luego es harto complicada, más si cabe con unos medios de comunicación apoyando con pequeñas excepciones las tesis del sistema mediante programas dónde la inmoralidad se destila sin cesar.

 No obstante, al comienzo del período de destrucción nacional, se levantaron voces, a veces llegaron a ser miles e incluso millones, dónde se pronosticó de un modo serio lo que se avecinaba. Sin embargo esas voces fueron tildadas de “fascistas”, “retrogradas”, y demás improperios, ya que el sistema debía afianzarse a toda costa, y nada ni nadie debía colocarse en frente.

Se advirtió del problema de los separatismos, se dijo que una nación como la española no podría soportar 17 gobiernos distintos con otros tantos locales, y se advirtió de un modo vehemente de la perdida de valores, intentando demonizar al español de bien para convertirlo en una mera marioneta.

Esas voces canalizaron en un sólo diputado en las cortes en el año 1979 a pesar de obtener prácticamente 400.000 votos, las hemerotecas del congreso de los Diputados tienen las actas con los discursos de Blas Piñar dónde se advertía de lo que sucedería sino se ponía coto. Pero los oídos muchas veces son o quieren ser sordos, y ante ello poco se puede hacer.

Por ello, el español se ha convertido en un hombre silente, come, sueña con utopías irrealizables, y si acaso trabaja. Los compromisos de antaño, han pasado al limbo de los justos, la solidaridad ha desaparecido, sólo se piensa en uno mismo, en conseguir un empleo mejor al precio que sea, sin pensar en ningún momento que tenemos una obligación moral e indiscutible; lo que nos legaron a un precio elevadísimo nuestros antepasados, España.



FUNDACIÓN NACIONAL FRANCISCO FRANCO // Avda. Concha Espina, 11, 2º - 28016 Madrid -
Tel. 91 541 21 22 - Fax 91 541 43 82 - secretaria@fnff.es
Powered by La Compañía