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Quinto, Codo y Belchite: una defensa laureada

Ángel David Martín Rubio

Desde mi campanario Blog

La región aragonesa fue dominada con relativa facilidad en los días inmediatos al Alzamiento Nacional ya que el general Miguel Cabanellas se sumó al Movimiento y el impulso de la cabecera de División resultó esencial para el alineamiento de las restantes guarniciones. Después de haber rechazado el intento de mediación del enviado de Madrid, general Núñez de Prado, a partir de las cinco de la mañana del 19 de julio se inició la ocupación de Zaragoza por fuerzas del Ejército.

Proclamado el estado de guerra, se apoderaron con facilidad del Gobierno Civil y de los demás edificios públicos y de comunicaciones aunque la noche anterior la CNT-FAI, predominante entre el elemento revolucionario de la ciudad, había declarado una huelga general y generando una resistencia que sería reprimida. Gracias a la actuación decidida de las fuerzas del Ejército y orden público a las que se sumaron desde el primer momento voluntarios civiles, la situación se presentaba tensa pero segura y en pocos días quedaba asegurado el control de la ciudad a pesar de que carecía prácticamente de defensas naturales y que era susceptible de sufrir ataques desde diversas direcciones.

La formación del frente aragonés

El resto de la provincia de Zaragoza también se incorporó a la Alzamiento en los días siguientes: en las comarcas de Calatayud y Daroca, el Regimiento de Artillería proclamó el estado de guerra el 20 de julio y procedió al control de los pueblos. En las demás zonas, donde no existían guarniciones, las autoridades militares ordenaron a los diversos puestos de la Guardia Civil la destitución de los Ayuntamientos y el nombramiento de nuevos gestores municipales. De esta forma se produjo el triunfo inicial en la mayoría de las localidades, si bien algunas de ellas requirieron la intervención de tropas para controlar la oposición o asegurar definitivamente el control.

Por su parte, la pequeña guarnición de Huesca ayudada por numerosos voluntarios también se había sublevado y triunfó y Teruel, la tercera de las capitales aragonesa, quedó igualmente bajo control de los nacionales. En situación mucho más comprometida aún que la de Zaragoza, ambas capitales fueron ciudades cercadas durante muchos meses pues el predominio alcanzado en los primeros momentos en Aragón, se reveló precario enseguida. A partir del 24 de julio una serie de columnas organizadas desde Barcelona y formadas por miles de milicianos mezclados con unidades regulares y fuerzas de orden público, iniciaron la ocupación del territorio aragonés a través de tres vías:

Al norte, una de las columnas, al llegar a Lérida, emprendió la marcha a través de los Pirineos y, a través de Barbastro, se dirigió contra Huesca y más tarde amenazó a Zaragoza desde el sector de Alcubierre.

Por el centro, la carretera general Barcelona-Lérida-Zaragoza, fue el itinerario seguido por Durruti y el Comandante Pérez Farrás que ocuparon Caspe y otros lugares. El 8 de agosto llegaban a Osera donde fueron frenados definitivamente.

Hacia el sur, la columna mandada por el anarquista Ortiz y el Comandante Salavera, cruzó el Ebro en Bujaraloz, participó en la toma de Caspe, continuó en dirección a la provincia de Teruel apoderándose de varias localidades y volvió a avanzar sobre Zaragoza, precipitándose hacia los pueblos de Quinto, Codo y Belchite, en los que no logró entrar.

Belchite (sin línea protectora alguna y en el vértice de un ángulo formado por la línea de frente que dejaba a la localidad prácticamente indefensa) fue considerado por los frentepopulistas, desde el primer momento, como uno de los puntos críticos del despliegue nacional. Junto con las poblaciones de Quinto y Codo permaneció durante meses en primera línea de fuego soportando frecuentes ataques del enemigo y drásticas medidas de orden público que provocaron la aplicación de los preceptos del bando de guerra y la ejecución de un número relativamente elevado de izquierdistas. Estas represalias se iniciaron cuando ya se había tenido ocasión de comprobar el brutal comportamiento de las columnas frentepopulistas en los pueblos aragoneses que habían ocupado dejando a su paso un rastro de terror. En el caso de Belchite también resultó letal para los revolucionarios el intento de un grupo por hacerse con el control de la población al tiempo que se atacaba desde el exterior el 6 de agosto.

A pesar de sus triunfos parciales, las columnas frentepopulistas no lograron alcanzar ninguno de sus objetivos principales pues habían chocado con el eficaz sistema de defensa articulado por la Quinta División, de cuyo mando, por marchar Cabanellas a Burgos para presidir la Junta de Defensa, se hizo cargo el general Gil Yuste, y desde el 21 de agosto, el general Ponte. Consciente de sus limitaciones, el primero organizó una maniobra de repliegue controlado para retardar el avance enemigo y el segundo dispuso la única técnica defensiva posible para cubrir un frente tan amplio y con escasos efectivos: la articulación de una línea de puntos fuertes cubiertos por una importante reserva móvil principal y varias locales. A fines de octubre de 1936 los efectivos del frente nacional llegan a 28.275 hombres y 82 piezas, divididos en siete sectores (Jaca, Ayerbe, Huesca, Zaragoza, Belchite, Calatayud y Teruel) mientras el conjunto de las columnas republicanas que tienen enfrente constan de 34.630 hombres y 86 piezas.

Como consecuencia de estas operaciones Aragón quedó definitivamente dividida en dos zonas por un frente que iba desde el Pirineo a Teruel, a lo largo de 400 ó 500 kilómetros siguiendo una línea sensiblemente orientada de norte-sur en su dirección general pero naturalmente muy sinuosa en su desarrollo. Pasaba 20 kilómetros al este de Jaca, formaba un saliente en torno de Sabiñánigo; otro en Huesca; un entrante, en cambio, al norte y en la Sierra de Alcubierre, para dejar a Zaragoza apenas a poco más de 20 kilómetros de aquélla. Un nuevo saliente se internaba en Belchite y, al revés, un entrante se prolongaba hasta cerca de Daroca y terminaba en las proximidades de Utrillas. Finalmente, la línea describía una convexidad a lo largo de Sierra Palomera para llegar a Teruel, de donde giraba hacia occidente, por los Montes Universales y Albarracin.

Verano de 1937: contexto político y militar de la ofensiva sobre Zaragoza

En octubre de 1936, los dirigentes de la CNT, cuyas columnas controlaban buena parte de la retaguardia aragonesa y hacían irregular acto de presencia en aquellos frentes, decidieron crear, sin autorización del Gobierno, el Consejo de Aragón que acabó siendo reconocido en diciembre. Tenía sede en Caspe y mayoría absoluta para los libertarios aunque con participación de las demás organizaciones del Frente Popular. Este hecho marca una segunda etapa en la que los comités revolucionarios fueron sustituidos por consejos municipales, la administración de justicia pasa paulatinamente a los Tribunales Populares y tiene lugar la militarización de las columnas armadas a finales de abril de 1937.

Finalmente, una intervención del Gobierno, siguiendo las tesis comunistas, pondría fin a este predominio anarco-sindicalista disolviendo el Consejo de Aragón por decreto del 4 de agosto de 1937 (que se publicó el 11) y desarticulando violentamente toda su organización, que ya estaba atravesando una profunda crisis, mediante una intervención de la 11 División de Enrique Líster.

Pocos días después, el Ejército Popular iniciaba una ofensiva cuyo objetivo estratégico era la ocupación de Zaragoza. Como había ocurrido de manera infructuosa en Brunete durante el mes de julio, se intentaba, además, contener el avance de Franco en el Norte. La recluta en la retaguardia y la exterior, para las Brigadas Internacionales, había proporcionado contingentes suficientes para intentar la prueba que iba a tener también una clara finalidad política: donde habían fracasado las columnas anarquistas se pretendía que iban a triunfar las grandes unidades de inspiración comunista.

Para alcanzar el objetivo propuesto, se combina un ataque por el norte, en el sector de Zuera, con otro por Villamayor sobre Zaragoza, mientras que se lanzaba el ataque principal sobre Belchite, con ánimos de envolver también, por el sur, la capital. A fin de llevar a cabo esta ofensiva, se organizaron cuatro Agrupaciones denominadas A, B, C y D, a las que deben agregarse, además, dos Divisiones de los Cuerpos de Ejército X y XII. En total alrededor de 80.000 hombres (en la estimación más baja) y abundante dotación de baterías, carros de combate y aviación. Es decir, una masa humana y aérea incluso superior a la lanzada sobre Brunete. Mandaba este Ejército el general Pozas, el general Rojo fue el jefe de Estado Mayor Central y planeador de la operación, figurando a su lado como asesor el coronel ruso Chapanov.

El Ejército Nacional desplegado en el frente de Aragón encuadraba a unos 30.000 hombres. Para darnos idea de la precariedad de medios de los defensores basta recordar que las fuerzas militares destacadas en las distintas posiciones de Quinto de Ebro, oscilaban entre 1.000 y 1.500 hombres. Los efectivos de Codo al iniciarse la ofensiva eran 182 requetés del Tercio de Monserrat reforzados por 40 falangistas de la 2ª Bandera de Aragón que habían salido para hacer unas maniobras y no pudieron volver a su base. Y la guarnición de Belchite agrupaba a 2.200 hombres. En todos los casos participaron en las defensas elementos civiles movilizados y buena parte del esfuerzo estuvo sostenido por unidades de milicias, Falange y Requeté, hecho que daría un tono épico peculiar a los episodios bélicos, prolongando las resistencias hasta lo inverosímil.

Quinto, Codo y Belchite: las inesperadas resistencias

El asalto se lanzó en la madrugada del día 24 sin preparación de artillería, ni de aviación, para procurar la sorpresa total aunque el servicio de información nacional tenía antecedentes de lo que se estaba preparando. El ataque inicial logró romper la línea nacional y en cuatro días se había llegado cerca del río Gállego y Zuera en el sector norte y se habían ocupado los pueblos de Quinto, Codo y Mediana en el sur. Sin embargo, la resistencia de estas posiciones se prolongó mucho más allá de lo que cabía esperar facilitando así la llegada de importantes refuerzos al Ejército Nacional.

En Quinto, desde el 24 al 26 de agosto, se desarrolló una de las acciones más duras de la guerra y una tenaz defensa de posiciones. Las acciones se resolvieron muchas veces al arma blanca. Las posiciones exteriores como “Las Eras”, defendida por el Tercio María de Molina-Marco de Bello, tuvieron que ser abandonadas, concentrándose la resistencia en el centro de la población hasta que fue sofocada en la madrugada del 26.

En Codo, la mayor parte de las posiciones exteriores resistieron hasta cerca de las doce del día 25, y una de ellas, la del “Monte Calvario”, lo hizo hasta las 13 horas, y sus defensores, que hubieron de evacuarla, continuaron la lucha en el pueblo. El último reducto fue la “Casa del cura” y desde allí se efectuaron dos intentos de romper el cerco para incorporarse a zona nacional. Fueron muy pocos los que lo lograron en la noche del 25 al 26 de agosto. El balance de bajas no puede ser más expresivo: murieron el teniente don Francisco Roca Llopis, el alférez capellán, cinco alféreces de infantería (todos), 10 sargentos (todos), 9 cabos, 110 requetés y 39 falangistas de los 40 que estuvieron en la lucha.

Mientras, las Divisiones Nacionales de Barrón y Sáenz de Buruaga, sacadas del frente de Madrid comienzan a llegar al campo de batalla el 26 de agosto. La 13 División termina conteniendo el avance en el sector de Zuera mientras que Belchite quedaba aislado y el Ejército Popular concentra su ataque sobre esta localidad, lanzando sobre ella reiteradamente masas de Infantería, carros y aviación.

El día 25 la guarnición de Belchite estaba ya incomunicada, manteniendo sólo sus contactos por radio con las posiciones exteriores. Los ataques de los días siguientes ocuparon las posiciones del “Saso” a retaguardia de las líneas defensivas y de las posiciones del Seminario, cementerio y río que ocupaba el Tercio de Almogávares. En estas condiciones las órdenes de la Jefatura del Sector imponen el repliegue hacia el Seminario, la posición menos alejada del núcleo urbano. Hasta el 2 de septiembre fueron atacados por todos los sitios y sufren un elevado número de bajas. El día 3 se ordenó la salida para incorporarse a la guarnición de Belchite: la acción tuvo que hacerse rompiendo el cerco con granadas de mano y bayonetas y produjo nuevas bajas. Solamente 33 supervivientes lograron incorporarse a la defensa del casco urbano.

En Belchite se combate en las calles, casa por casa, durante el día y la noche. Los sitiados carecen pronto de víveres y municiones, que la aviación procura arrojarles. Los aviones nacionales, en efecto, tras de disputar ventajosamente la supremacía aérea terminan imponiéndose. Pero las unidades enviadas en socorro de Belchite no pueden abrirse camino a pesar de su empeño y los defensores se refugian en los edificios algo más fuertes del centro de la localidad, Al fin el día 6 de septiembre, cuando tres cuartas partes de los defensores han sido baja y no puede continuar la resistencia, trescientos sitiados, con el comandante Santa Pau a la cabeza, protagonizan una salida desesperada. Solamente algunos logran salvar las líneas enemigas y llegar al campo nacional, el resto perece en el intento[14].

La venganza del Frente Popular

Pero el drama no había finalizado para los que fueron hechos prisioneros en Quinto, Codo y Belchite una vez ocupadas las poblaciones. Buena parte de ellos, tanto soldados como civiles, fueron asesinados sobre el terreno, en el mismo momento en que se efectuaban las detenciones. Así, en los olivares cercanos a Codo, primer lugar en que se concentró a la población evacuada de Belchite, se procedió por las fuerzas ocupantes con la intervención de algunos elementos extremistas de la localidad a la selección de prisioneros y en el acto asesinaron sin más procedimiento ni declaraciones a algunos paisanos de la villa, varios sanitarios y fuerzas excombatientes. Mientras la “Pasionaria” hollaba las ruinas todavía humeantes de Belchite, el también comunista Líster se encargaba personalmente de estos crímenes junto con las fuerzas a sus órdenes hasta que la intervención de un mando superior, determinó el traslado de los restantes prisioneros para ser interrogados y sometidos a depuración previa.

Buena parte de ellos fueron fueron traslados a cárceles y campos de concentración, siendo fusilados en las semanas siguientes. Por ejemplo, los prisioneros que habían sido llevados a Monegrillo y Castejón de Monegros fueron sacados de allí en la mañana del 14 de septiembre y los bajaron por la carretera de Zaragoza a Barcelona. Un poco antes de llegar a la altura de Pina de Ebro les hicieron abrir una zanja de unos 300m. de largo por 2 de ancho que sirvió para tumba de militares, falangistas, requetés y paisanos.

Escenas semejantes habian ocurrido con posterioridad a la ocupación de Quinto y Codo, población esta última donde fueron asesinados incluso un grupo de requetés que, por estar gravemente heridos, no habían podido intentar la evacuación de sus posiciones. En la novela de Ana Larraz Galé recientemente publicada con el título de La fotografía. Historia de un soldado (1936-1937), se recrean magistralmente, tras una rigurosa documentación histórica, buena parte de estos episodios y reconstruye la suerte final de unos noventa prisioneros trasladados a Lérida y asesinados en las inmediaciones de Bujaraloz (Zaragoza).

Otra circunstancia que llama la atención es que, una vez ocupados estos pueblos, se practicó la deportación de grandes grupos de población, como estrategia o método de guerra con finalidades políticas y militares muy concretas: controlar una retaguardia considerada hostil e insegura. En Quinto a unas dos mil personas se las llevó a los pueblos del Bajo Aragón donde eran repartidos por las casas. En Belchite fueron evacuados todos sus habitantes restituyendo luego a los elementos de izquierda y dejando a los de derechas confinados en pueblos de Teruel hasta su liberación. Los presos más significados ingresarían en las prisiones y campos de concentración (San Miguel de los Reyes, Lérida, Barcelona…) donde algunos encontraron la muerte bien por fusilamiento o debido a las durísimas condiciones de vida.

Desde el punto de vista socio-profesional nos encontramos con un claro predominio entre las víctimas de labradores y jornaleros seguidos de oficiales del ejército y obreros urbanos. No debe olvidarse que en su mayoría se trataba de voluntarios del Ejército Nacional; en efecto, entre los combatientes de Falange y el Requeté abundaban los campesinos pobres y no faltaban obreros. Muchos de los que nutrían los tercios y banderas eran esos “propietarios muy pobres” de los que se ha hablado alguna vez, labradores que poseían un pequeño corro de tierra y que predominaban en la mitad norte de la Península. Lejos de representar los intereses de ninguna oligarquía, la zona nacional había consolidado el apoyo de los más diversos sectores sociales aglutinados por ideas elementales pero claras y fácilmente compartidas como eran las creencias religiosas, la exigencia de orden público y la defensa de la pequeña propiedad.

Tampoco faltaron manifestaciones de la persecución religiosa, circunstancia que -al igual que la violencia- no se limitó en la retaguardia frentepopulista a los primeros meses sino que se prolongó a lo largo de todo el conflicto. En Mediana fue totalmente saqueada la iglesia y ermita y se robaron los ornamentos y objetos religiosos. En Quinto, la Parroquia y ermitas fueron saqueadas y todo robado o quemado. En Codo, la Parroquia fue completamente saqueada y mutilada y todo lo perteneciente al culto, robado y quemado. En Belchite, todas las iglesias, ermitas, el Convento de Dominicas y el Seminario Menor fueron saqueados, profanados y resultaron totalmente destruidos. Las pérdidas del patrimonio histórico artístico por destrucción o robo fueron ingentes. También cabe referirse aquí a varios sacerdotes hechos prisioneros junto a las tropas a las que asistían espiritualmente en Quinto y Belchite: Juan Ruiz Gimeno (Capellán del Regimiento Aragón nº17), fusilado en Quinto el 24 de agosto de 1937; Juan Lou Miñana (Capellán del Tercio de Almogávares), fusilado en Híjar el 3 de septiembre de 1937 y Blas Margelí Ibáñez (Capellán de la 8ª Bandera de Falange de Aragón), asesinado en Codo el 6 de septiembre de 1937. Varios capellanes cayeron también como consecuencia de las operaciones militares mientras cumplían su misión espiritual. En cambio, varios sacerdotes y religiosas hechos prisioneros en Belchite fueron conservados con vida y utilizados con intereses propagandísticos para dar en la prensa una imagen distorsionada de lo que estaba ocurriendo.

Laureados

El 12 de octubre, el Generalísmo firma un decreto que determina: “En lo sucesivo llevará Belchite el título de Leal, Noble y Heroica Villa. Y, además, es ordenado que se abra expediente para la concesión a sus defensores, colectivamente, de la Cruz Laureada de San Fernando“. En la orden a que se refiere esa concesión se reconoce que “El patriotismo y valor de los paisanos de Belchite les llevó a ponerse al lado de su guarnición, rivalizando todos, incluso mujeres y heridos, en actos de heroismo”.

El requeté del Tercio de Monserrat Jaime Bofill -que se incorporó a la defensa de Belchite desde Codo- recibió la misma condecoración a título individual y por su defensa de esta segunda población el 24 y 25 de agosto recibieron la laureada colectiva las Primera y Segunda Compañías del Tercio de Requetés de Nuestra señora de Montserrat, y las 18 y 21 falanges de la Segunda Bandera de Falange de Aragón. También recibió la laureada colectiva la Segunda Compañía del Tercio de Requetés de Marco de Bello y María de Molina, por la defensa de la posición de “las eras” en Quinto del 24 al 26 de agosto de 1937.

No hubo una segunda defensa de Belchite: las purgas comunistas

Una última consecuencia de la frustración del objetivo iba a ser el recrudecimiento del control comunista. El castigo sufrido por los brigadistas internacionales fue tan enorme y la cantidad de bajas tal que, por primera vez, se nega­ron a batirse. Hubo volunta­rios que, rota toda esperanza, intentan regresar a sus respectivos países pero carecen de documentación porque Moscú les había privado de pasaportes. Togliatti crea apresurada­mente, para atajar el mal de la desmoralización, unidades disciplinarias y campamentos de “reeducación”. Comenzaron a llegar miles de policías escogidos, miembros de la policía secreta. Con la NKVD, la policía soviética, llegaron también técnicos de fortificación rusos que, en gran parte, fueron encaminados a Belchite.

A pesar de todo, la operación sobre Zaragoza había fracasado y las operaciones militares en este escenario iban a finalizar muy pronto. Como ocurrió en otros lugares, se trataba de una ofensiva planeada de manera brillante sobre el papel pero la realidad demostraba que era imposible llevarla a término por la voluntad de resistencia del contrario y las deficiencias del Ejército Popular. El denominado “contragolpe estratégico” consistía en lanzar una acción ofensiva potente con un objetivo claramente señalado sobre una zona importante del dispositivo enemigo de defensa que le obligue a abandonar la acción ofensiva emprendida en otro frente para llevar a la zona atacada fuerzas de las empeñadas en el avance. El general Rojo intentará repetir la maniobra en varias ocasiones sin conseguir, en ningún caso, que el generalísimo Franco trasladase un número de fuerzas tan relevante como para impedirle sus avances decisivos en otros frentes. Cuando, finalmente, Franco acude a la confrontación en el Ebro, el resultado será un verdadero desastre para el Ejército Popular.

Pero antes, a finales de diciembre de 1937 y comienzos de enero de 1938 tendrán lugar los enfrentamientos centrados en la capital turolense y el 7 de marzo de 1938 el ejército de Franco iniciaba una maniobra que, en medio de una desbandada general, lograría ocupar en pocos días el resto de Aragón. El 10 de marzo, se recuperaba Belchite, el 13 Calanda y Albalate del Arzobispo; el 14, Alcañiz y el 17, el Cuerpo Marroquí y la 1ª División entraban en Caspe. A partir de ahí se simultanearon dos acciones: una, al sur del Ebro (el 1 de abril se ocupaba Gandesa ya en Tarragona) y otra, al norte del río: el 25 de marzo el Cuerpo Marroquí penetraba en Bujaraloz y el 27, Yagüe tomaba Fraga. El avance continuaría en dirección al Mediterráneo y el 15 de abril de 1938 la IV División de Navarra ocupó el pueblo costero de Vinaroz (Castellón), cortando definitivamente en dos la zona frentepopulista.

Las fortificaciones de Belchite, consideradas por el Comité Central del Partido Comunista como inexpugnables por estar construidas por ingenieros soviéticos, no resistieron al fuego de las artillerías nacionales que, como hemos dicho, ocuparon la población sin encontrar oposición el 10 de marzo.

Con el fin de no disminuir el prestigio de sus técnicos y, sobre todo, para no irritar a Stalin que había aprobado los proyectos de dichas fortificaciones se atribuyó la culpa del fracaso a las tropas que, sin embargo, se batieron bien como fue lealmente reconocido por el mismo Estado Mayor de Franco.

El episodio acabó desembocando en el fusilamiento ordenado por los miembros del Politburó español de aquellos combatientes del Ejército Popular acusados injustamente de traición. Los supervivientes fueron enviados a un cuartel en las afueras de Valencia en calidad de prisioneros. El propio Líster firmó la acusación contra el comandante, oficiales y soldados del batallón que habían abandonado aquellas “inexpugnables fortificaciones”. En la reunión del Comité Central del Partido Comunista en la cual se decidió la suerte de los rendidos, Marcucci, un joven militante comunista italiano integrado en las Brigadas Internacionales, intentó en vano defender a los acusados que al día siguiente fueron fusilados. Una noche, en un hotel de Madrid, Marcucci —después de escuchar en la radio las noticias de que el Comité Central del Partido había ordenado matanzas a quienes operaban en el mercado negro en Rusia y sus satélites— habla largamente con Eudocio Ravines, muy desilusionado y angustiado sobre como había entregado su vida al sistema comunista al que se refiere como “la gran estafa” (nombre que mucho después Ravines utilizó para escribir sus memorias). Esa noche, Eudocio Ravines escucha un disparo proveniente de la habitación contigua y encuentra que su amigo se había suicidado.

Años más tarde, en 1961, “Il Secolo d´Italia” publicaba un extenso artículo firmado por Umberto Simini sobre las atrocidades cometidas por el dirigente comunista italiano Togliatti durante la guerra de España y su responsabilidad para imponer la política stalinista en España. A él deben atribuirse, en última instancia, los crímenes cometidos por los jefes comunistas españoles que actuaban bajo su control. Además de los conocidos episodios de la liquidación del POUM, de las trágicas jornadas de Barcelona y de la depuración de las Brigadas Internacionales se aludía a la responsabilidad en la masacre de los fallidos defensores de Belchite.

También el escritor Ramón J.Sender también evocaría la memoria de lo ocurrido a los implicados en la derrota de Belchite en una durísima requisitoria contra Líster publicada en el diario “ABC” (21-noviembre-1974):

Hubo comandantes de talento como Modesto y verdaderos héroes populares como Valentín González y Cipriano Mera, pero aunque todos hemos corrido alguna vez —hasta Don Quijote en la aventura del rebuzno— nadie corrió tanto ni tan bien como Líster desde Toledo a los Pirineos. Lo malo era que para justificarse, después de cada carrera hacía fusilar a una docena de oficiales. Con esto creía seguir el ejemplo de Stalin. Yo fui jefe de Estado Mayor de la primera brigada mixta con él, entre Pinto y Valdemoro (lo que no deja de tener gracia). Menos gracia tenía que quisiera fusilar a los mejores de mis amigos oficiales cuando la culpa del fracaso de la operación era de él. Yo salvé entonces sus vidas (alguno fue fusilado por él, más tarde, en lo de Belchite).

El episodio fue relatado con detalle por Justo Martínez Amutio en ese mismo año en el libro titulado “Chantaje a un pueblo” y en 2007, se alude a estas purgas stalinistas en un artículo escrito por J.J. Sánchez Arévalo para quien:

Independientemente de la opinión de los lectores, independientemente de los méritos de Líster como figura militar consagrada a la lucha antifascista, estos hechos deben ser también narrados e incorporarse a la tan manida y en ocasiones tan selectiva “memoria histórica”.

Un acontecimiento significativo en el frente aragonés durante el verano de 1937 había sido la presencia de las Brigadas Internacionales XI y XV entre las fuerzas atacantes. En 1967 se desarrollaría en el mismo escenario —cerca de Belchite— la operación de gran maniobra militar “Pathfinder Express” en la que intervinieron fuerzas combinadas del ejército de los Estados Unidos y del español. Treinta años antes, un batallón norteamericano (el “Abraham Lincoln”) combatía en el mismo escenario al ejército de Franco. El cambio no se había producido en la esencia del Régimen nacido del Alzamiento sino en el escenario político que, en los años de la contienda española y de la Guerra Mundial, nos presentaba a la democracia liberal en alianza con la revolución mundial comunista y al capitalismo mundial apoyado en el poderío soviético para destruir a un enemigo común. Era la dinámica en la que había desembocado la táctica promovida desde Moscú de los Frentes Populares y de la construcción del “antifascismo”, verdadera falsificación ideológica, como frente político mundial. Como afirma Jesús Fueyo:

La virtualidad de sentido de la obra de Franco se resume en dos trayectorias indiscutibles de su proceso político: nunca capituló ante el comunismo ni con sus alianzas ni derivaciones, y nunca, en lo esencial, se dejó sugestionar por el fascismo en sus efímeros resplandores, evitando así ser arrastrado en su aventura y en su liquidación histórica. Tan pronto como el mundo occidental recuperó su rumbo hacia la libertad sin la hipoteca de la revolución, lo siguió según el propio ritmo de posibilidades de la realidad española

Todo esto se dice ahora en dos palabras, aunque costó sacrificios enormes y muchos años de tenaces esfuerzos que, probablemente, resultan muy difíciles de captar a las nuevas generaciones que, a pesar de las caídas de tantos muros, respiran en un magma ideológico, síntesis de liberalismo y de comunismo.

Pero desde la inmensa tragedia de odios y destrucción que el comunismo, en sus diversas formas, deja tras de sí, el sereno análisis histórico viene a dar la razón a las más hondas intuiciones de quienes vivieron aquellos acontecimientos y obliga a reconocer que los verdaderos defensores de la libertad no se encontraban, como se nos quiere hacer creer, ni en las Brigadas Internacionales ni entre los miembros de un Ejército Popular subordinado a las estrategias de Moscú sino entre las filas de quienes sostuvieron la defensa de lugares como Quinto, Codo y Belchite.



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