LIBROS


Queipo de Llano. Memorias de la Guerra Civil.
La Esfera de los Libros, Madrid, 2008, 457 pags.

JORGE FERNANDEZ-COPPEL



 

Con prólogo de don José Alcalá-Zamora y Queipo de Llano, nieto del general y miembro de la Real Academia de la Historia, acaba de p.ublicarse este volumen cuya continuación se anuncia con otro mas. En este prologo hay ya una positiva semblanza del general en la pluma de uno de sus nietos entreverada, como es natural, con un respeto y admiración hacia su abuelo, que honra a su autor.

Es cierto que para este lógico homenaje que al general Queipo de Llano rinde su nieto no parece necesario ni siquiera de buen gusto arremeter contra la figura del general Franco a quien su abuelo sirvió, contribuyo a otorgarle el Mando Supremo de los sublevados, fue por el ampliamente recompensado, y, en definitiva, a pesar de ser —según palabras del prologuista— «ambiciosísimo, ególatra, desconfiado, de inteligencia bajo mínimos, de incultura enciclopédica e incompetente estratega», ganó una difícil guerra, supero una dura posguerra, gobernó una España en paz durante muchos años, la mantuvo fuera de la II Guerra Mundial, resistió un duro bloqueo internacional, y parece que logro un grado de prosperidad que los españoles no habían conocido antes.

El rencor juega en este caso al historiador una mala pasada al sumarse a la antihistórica e injusta denigración general a que viene siendo sometida la figura del general Franco de quien, al igual que del infierno, se predican todos los males sin mezcla de bien alguno.

Ya el subtitulo de la obra nos hace ver que no estamos ante una biografía del general Queipo de Llano, aunque, a través de alguna de las cartas que se publican en ella, se pueda atisbar lo que el general pensaba de sí mismo en relación con su primera fidelidad a la Monarquía, pronto trastocada en enemistad manifiesta que adquirió carácter conspirativo en 1930, muy al estilo del siglo XIX. Como el primer presidente de aquella Republica —que también fue político y ministro durante la Monarquía— era consuegro de Queipo de Llano, nada tiene de extraño que el general fuese hombre de confianza de la II Republica, circunstancia que no aparece en este libro.

No espere nadie de esta obra una exposición ordenada de los hechos en que intervino Queipo de Llano, ni siquiera los más relevantes o significativos de ellos, pues —ya lo advierte el autor— se trata de una serie de recuerdos personales del protagonista tomados de notas sueltas, apuntes en varios cuadernos y algún escaso testimonio, completados en parte con unas cartas incluidas en el apéndice documental; de la mayoría de estas cartas no conocemos la respuesta del interlocutor. Por tanto, no nos encontramos ante una obra de valor histórico para el período que comprende dada la escasez de fuentes utilizadas de su origen común y la falta de contraste con otros documentos o testimonios de la época, hoy al alcance de cualquier investigador.

El volumen en cuestión sí revela los sentimientos del personaje, sus cambios de humor y una evidente y lamentable insistencia en criticar, ya en publico ya en privado, actitudes, hechos o decisiones que, según el criterio de Queipo de Llano, eran desacertadas o reprobables; a ello se une su tendencia a ver traidores por todas partes y la inquina que profesaba a determinados personajes o instituciones que no gozaban de su favor o aquiescencia. Sus juicios en la mayoría de ocasiones son apriorismos, con escasez o falta de fundamento, especialmente —y esto es muy curioso— cuando se trata de cuestiones militares, demostrando con ello un insuficiente conocimiento de su oficio.

Se pueden aducir muchos ejemplos de ello. Vayan algunos por delante: critica la poca velocidad del avance de las columnas dirigidas por Franco hacia Madrid, sin tener en cuenta la escasez de efectivos, la índole de los medios de transporte y las resistencias que encontraron que, en el caso de Mérida, Badajoz y Talavera o Maqueda, no fueron pequeñas, unido todo ello a la peligrosidad que representaba la escasa seguridad del flanco derecho del avance hacia Madrid. La solución que Queipo le propone a Franco es avanzar desde Toledo hasta Tarancon para cerrar las carreteras de Andalucía y Valencia y dejar así cercado a Madrid. O bien impedir el abastecimiento de agua a Madrid cortando el Canal de Isabel II al sur de la Sierra de Guadarrama. Como estrategia de café no esta mal, pero en un militar profesional olvidar la cuantía de los medios disponibles y los del enemigo es un gravísimo error.

Trascribe el general Queipo de Llano una conversación suya con el general alemán Von Sander en la que para lograr un rápido fin de la guerra le pro-pone al alemán que Franco —antes de la ocupación de Toledo— dirija sus escasas fuerzas hacia ¡Albacete y Guadalajara! Ante la supuesta aquiescencia del alemán, Queipo comenta que Franco no quería atender sus indicaciones en aquel sentido. ¡Menos mal que no lo hizo!
Es curiosa la conversación que trascribe para demostrar la escasa capacidad de Franco. En un despacho entre Franco y Alcalá-Zamora, a la sazón Presidente de la Republica, Este le reprocha a aqu6l que en el programa de adquisiciones no figuren medios para combatir a aviones que bombardeen desde 6.000 metros de altura. Conociendo el techo de los bombarderos de la 6poca parece que Franco estaba mejor informado que el Presidente de la Republica y que el propio Queipo de Llano.

La animosidad de Queipo contra Varela, Franco, Beigbeder, Sagardoy y Falange, los militares italiaños, Gamero del Castillo, Serrano Suñer y otros personajes de la 6poca aparece en casi todos sus escritos, notas y memorias que, según manifiesta el general, están inspirados siempre en defensa de la verdad, de la justicia y de la decencia. Curiosamente sus escritos dirigidos a Franco expresan las opiniones casi siempre negativas del autor sobre la marcha de los asuntos públicos, pero en un tono de respeto y cordialidad entre compañeros muy de apreciar. Las respuestas de Franco muestran una exquisita cortesía y estima, aunque luego no hiciese ningún caso de los criterios de su interlocutor.

El desprecio hacia los mandos italiaños es permanente, hasta tal punto que minimiza su aportación para la conquista de Málaga —que fue muy importante—, pero extrañamente utiliza los escritos de uno de los menos brillantes de sus mandos, el general Faldella, para lanzar tremendas criticas contra Franco.
La visión que tiene de la batalla de Brunete, que fue un intento republicano de evitar la ofensiva contra Santander, es la de una mala evaluación de la situación por parte de Franco; lo cierto es que contuvo el ataque rojo y la ofensiva sobre Santander tuvo lugar a pesar de que, según las cifras que aporta Queipo de Llano, la superioridad nacional necesaria para aquella ofensiva no exista.

Algo parecido ocurre con sus comentarios sobre la batalla de Teruel, donde también, según él, se demostró la incapacidad de Franco y de Varela, su eterna obsesión.
En el libro aparece relatada muy someramente la actuación del protagonista en Sevilla antes y despu6s del 18 de julio, lo cual resulta muy extraño, pues allí estuvo el verdadero m6rito de Queipo de Llano, quien, con todo en contra y con apoyos mínimos, se lanzo a una acción desesperada en la que, por su valor personal y a su habilidad, logro un éxito inesperado para el Alzamiento que, gracias a 6l, pudo seguir adelante con las tropas procedentes de Marruecos.
Su empleo de aquellos medios escasísimos frente a una población ad-versa en su mayor parte, el adecuado uso de las primeras y escasas tropas procedentes de Marruecos —enviadas por Franco—, y su magistral utilización de la radio, in6dita hasta entonces como arma de propaganda capaz de desmoralizar al enemigo, son la base del merecido prestigio de que gozo el general Queipo de Llano.

Hay en el breve relato de aquellas jornadas una curiosa discrepancia, pues Queipo de Llano afirma que Galarza en Madrid, le indico que marchase a Sevilla para sublevarla cuando lo hiciese el Ej6rcito de Marruecos, sin instrucción ni dato alguno acerca de quienes estaban comprometidos a ayudarle; por el contrario, el entonces Comandante de Estado Mayor, Cuesta Monereo, que era uno de los principales comprometidos y fue el gran colaborador de Queipo de Llano durante toda la guerra, afirma en carta dirigida al general que Este llevaba unas concretas instrucciones acerca de los apoyos y compromisos de que podía disponer en Sevilla. Puede ser olvido del general o deseo de añadir m6rito a los que ya tenía.

Las primeras discrepancias con Franco aparecen a propósito de los escasos medios atribuidos al reci6n creado Ej6rcito de Andalucía, cuyo mando se atribuyo lógicamente al general Queipo de Llano. Hay un fondo de razón en sus quejas, pues el frente que cubría era muy extenso y vulnerable en muchas de sus partes, dada además su proximidad a Granada y Córdoba, así como el peligro que suponía la zona de M6rida con un ancho entre el frente de combate y la frontera portuguesa, insuficiente para su seguridad ante un ataque rojo que no llego a concretarse hasta el fin de la guerra.


Ahora bien, hay que tener en cuenta que la escasez de armamento y material era rasgo común de la España sublevada que no pudo ser superado hasta la conquista del Norte de España. Además, los grandes objetivos estrat6gicos de Franco no estaban precisamente en Andalucía, sino en Madrid, Cataluña y Levante, una vez liberado el Norte. Por el principio de economía de fuerzas la decisión de mantener a Andalucía como frente secundario estaba perfectamente justificada, aunque Queipo de Llano, que se iba trasformando en una especie de Virrey de Andalucía donde logro notables resultados socio-económicos, como diríamos hoy, lo olvide. Llama la atención las pocas líneas que dedica a la epopeya del Santuario de la Virgen de la Cabeza, que no fue liberado.
Al constituirse el primer gobierno de Franco en enero de 1938, Queipo decide poner fin a sus charlas, que tanto habían desmoralizado a los rojos y animado a los nacionales, pero continua con su labor de gobierno en Andalucía, pues era partidario, según confiesa, de una dictadura militar con exclusión de los civiles. Así surgen los primeros choques con las nuevas autoridades civiles de Sevilla y, por extensión, con el gobierno de Burgos.

En este momento aparece la cuestión de la concesión a Queipo de Llano de la Cruz Laureada de San Fernando, condecoración que dice no haber solicitado a pesar de que la trascripción, que hace poco despu6s de una conversación que mantiene con Franco, demuestra lo contrario. Franco durante la entrevista le hizo ver que no eran de recibo sus constantes criticas en publico al Gobierno y le ofreció la Embajada en Buenos Aires para evitar males mayores. Después de varias peripecias, mal relatadas en el libro, Queipo de Llano es enviado como Jefe de la Misi6n militar española en Italia, pues el general no quería marchar muy lejos de España. En carta dirigida a Franco, Queipo le reitera su lealtad «como yo la entiendo», exenta de servilismo y adulación.

De los apuntes que hizo Queipo de Llano en Roma se deduce que allí continúe con su conocida actitud de desprestigiar en publico y en privado a Franco y a su nuevo régimen, incluso ante el Ministro de Exteriores, Ciano. Según él, era un español desterrado injustamente; Olvida que el destierro era en jaula de oro.
La salida del Gobierno en 1943 de los grandes enemigos de Queipo de Llano, que eran Varela y Serrano Súber, facilita los esfuerzos de Franco para reconciliarse con su compañero de las horas difíciles, olvidando las muchas impertinencias y desaires de que había sido objeto. Finalmente, Queipo de Llano regresa a España, y se le concede, muy justamente, la Cruz Laureada de San Fernando que le impone personalmente Franco en Sevilla; Franco anade el tftulo de Marques, que Queipo se niega a utilizar en otro desaire al Jefe del Estado.

Los últimos años del general, ya retirado de sus actividades publicas, están perfectamente recogidos en la obra que comentamos.
Al concluir la lectura del libro el lector siente un sentimiento de pena, pues una figura como la del general Queipo de Llano, persona admirable por sus virtudes, su amor a España y su sentido de la justicia aparece ante el lector simplemente como un eterno descontento con Franco y su régimen, envidioso, murmurador empedernido y con un carácter atrabiliario, que no tuvo.

Creo sinceramente que fue un hombre con grandes virtudes y cualidades positivas, entre ellas el valor, su desprecio por los honores y por el dinero y su espíritu de justicia. Prest6 a España grandes servicios, fue muy popular en Andalucía y, durante la guerra lo fue en toda España, incluida la que padecía bajo el Frente Popular. Le acompañaba además su gracejo —a el que era vallisoletano— y su facilidad de «comunicador», como ahora se dice.

En resumen, con sus virtudes y defectos: un gran espanol. Por ello estimo que el libro que acabo de recorrer no le hace justicia por el afán, tan grato a los gobernantes de hoy, de resaltar sus discrepancias con Franco y su régimen, olvidando las otras facetas de su actuaci6n que hicieron posible el triunfo final de Franco. Aunque ya nos entran dudas de que ese triunfo se produjese.

 

Armando MARCHANTE GIL