Esta especie de fantasma es como el espíritu estrangulador de España. Sus gesticulantes trapos intentan amordazar el testimonio, la verdad. Y sus cuerdas, sujetarla: Que no se mueva. Es el disparo asesino que, salido por la culata, da vida y enaltece a lo que odia, por noble y patriota. Quiere borrar, pero subraya. Es la misma mentalidad retroprogre que sobrepone a Boabdil, prefiriéndolo a la Cruz, a Isabel y a Fernando. Es la ignorancia fanática que ansía apagar la luz más potente de la cultura española, expulsando la estatua de Menéndez Pelayo de la Biblioteca Nacional. Es el mismo espíritu calumniador y embustero que, desde Sevilla, insultó monumentalmente a España afeando el Descubrimiento de América, en su Quinto Centenario. Es el mismo cobarde espíritu que, de la Academia General Militar, ha arrancado la estatua de Franco, su primer Director y maestro en el arte y el honor militares; intentando desterrar su recuerdo para enseñar allí otras artes, como la necesaria para ver, sin rechistar, semejante robo al Honor del soldado y a la Historia de España. Y, para eso, el espíritu antiespañol, con trapos y amarras, esconde y apresa la estatua, la arrastra, la saca y la deja en un rincón de Zaragoza. Y logra ese espantajo; esa fantasmal prueba de la rabia que espolea a los que quieren y no pueden quitarse de la memoria. |