FRANCO Y LA IGLESIA CATÓLICA
|
Relación de cooperación y mutuo respeto entre el Estado gobernado por Francisco Franco y la Iglesia Católica.
|
| |
 |
Franco y su esposa con el cardenal primado y Arzobispo de Toledo, Mons. Pla y Deniel. En la segunda fila, el cardenal Quiroga Palacios y el Patriarca de las Indias, Mons. Erijo Garay |
|
| |
"Es motivo también de optimismo el sabernos regido y gobernados por un hombre providencial , que con criterio netamente católico ha dado una orientación magnífica a las leyes del Estado".
Palabras tan claramente laudatorias pertenecen a un significativo representante de la Iglesia Católica en España, el entonces Obispo de Solana y posterior Presidente de la Conferencia Episcopal, Monseñor Vicente Enrique y Tarancón. Constituyen en realidad, un eslabón en la prolongada y fructífera relación de cooperación y mutuo respeto entre el Estado gobernado por Francisco Franco y la Iglesia Católica.
Como no podía ser menos, dicha relación comienza a fraguar desde el Alzamiento Nacional del 18 de julio de 1936, que pretende poner fin , en palabras del propio Santo Padre Pio XI, al "odio verdaderamente satánico contra Dios y contra la humanidad" y le lleva al Sumo Pontífice a enviar su bendición especial "a los que se habían impuesto la difícil y peligrosa tarea de defender y restaurar los derechos y el honor de Dios y de la Religión"(Pío XI, Castelgandolfo, 1936).
La misma relación de benevolencia continua durante la gestación del Movimiento Nacional, llevando a un representante cualificado de la Iglesia Española poco sospechoso de parcialidad a exclamar: "La Acción Católica debe mirar con simpatía esta milicia y aún debe orientar hacia ella los miembros para que cumplan en sus filas con los deberes que en esta hora presente impone el patriotismo (...) Falange Española Tradicionalista y de las JONS busca el engrandecimiento material de España, la Acción Católica se preocupa de su engrandecimiento espiritual y religioso; las dos, de consuno, pueden forjar la España Tradicionalista y católica que todos deseamos" (Mons. Vicente Enrique y Tarancón, 1937).
El sucesor de Pío XI en la silla de Pedro mantiene la misma postura al final de la contienda: "España (...) acaba de dar a los profetas del ateísmo materialista de nuestro siglo la prueba más excelsa de que por encima de todo están los valores de la religión y del espíritu" (Pío XII, 1939)
En el mismo sentido se pronunciaba sobre la guerra Civil el propio Mons. Vicente Enrique y Tarancón, al proclamar textualmente en 1946 que "cuando sonó en nuestra patria el clarín llamado a la Cruzada (...) vimos a nuestro jóvenes empuñar el fusil con ilusión en sus ojos y la fe en el corazón, no con miras rastreras y materiales, sino con espíritu de verdaderos cruzados de la religión" Sobre el daño causado a la Iglesia con Anterioridad al advenimiento del régimen sanado posteriormente durante el franquismo, recomendamos la lectura de la obra de Mons. Antonio Montero Moreno, obispo de Badajoz, publicada en 1961 bajo el título "Historia de la persecución religiosa en España, 1936 - 1939".
Algunos años después cundo se van perfilando las características de la política Nacional y la inspiración cristiana de leyes y gobierno, con disposiciones favorables a la Misión de la Iglesia, la justicia y la promoción social, el mismo Mons. Vicente Enrique y Tarancón podrá afirmar en 1946 que "en nuestra patria, la orientación del Estado no puede ser más hermosa, ni más avanzada, ni más cristiana".
"Franco da leyes católicas, ayuda a la iglesia, es un buen católico: ¿Qué más se quiere?" (Juan XXIII, 1960). No obstante la manipulación que a menudo se realizaba de la persona y obra del sucesor de Pío XII dicha manifestación del Papa Roncalli corrobora, una vez más la positiva conexión entre la Iglesia y el régimen de Franco y la delicadeza en el trato entre ambos, como por otra parte se comprobará incluso en los momentos de recelo, divergencias o incidentes.
Años más tarde, en 1965, y en la homilía pronunciada con motivo de su nombramiento de cardenal, otro gran prelado español, Mons. Herrera Oria decía de Franco: "Yo le he servido y le sirvo ( a Franco) con fidelidad porque es el "Ministro de Dios". Le he prestado siempre mi modesta colaboración porque representa el bien común de mi pueblo. Le guardo profunda gratitud y le profeso respetuoso afecto porque ha dado a mi Patria veinticinco años de paz....."
"Francisco Franco no sólo hizo de su vida una profesión continua de fe católica, sino que, a partir de la fórmula concordataria aún utilizada después de su muerte, creó un marco político para la cooperación con la iglesia, dejándola en libertad pero sin olvidar la preocupación por la salud moral del pueblo". Así se pronunciaba v. gr., Mons. José Guerra Campos en 1973, al afirmar que "en ninguna otra nación de las que yo conozco (y conozco muchas), supera la iglesia y no siempre la iguala el nivel de independencia y sana cooperación mantenido en España en los últimos decenios". Para mayor documentación habiendo bebido de sus fuentes en este breve resumen recomendamos igualmente la lectura de las obras "Franco, héroe cristiano en la guerra" (Faustino Moreno Villalba, 1985), "Manuel Garrido Boñano" ("Francisco Franco, cristiano ejemplar, 2004"), "Blas Piñar" ("Mi réplica al Cardenal Tarancón", 1998) y el trabajo sobre él particular del propio Mons. Guerra Campos para esta Fundación ("El legado de Franco", 1997).
A pesar de la agitación política partidista dentro de la iglesia en los años sesenta y setenta, y a pesar de su propia actitud efectiva en relación con el Régimen del 18 de julio, el Papa Pablo VI, por sorprendente que a muchos hoy pudiera parecer dado el flagrante grado de desinformación posterior, confirmó la opinión de todos sus predecesores, para afirmar sobre Franco que "ha hecho mucho bien a España y ha proporcionado un desarrollo extraordinario, y una época larguísima de paz. Franco merece un final glorioso y un recuerdo digno de gratitud" (Pablo VI, 1975).
Sin embargo, el texto constitucional de 1978, conforme a la Pastoral de Mons. Marcelo González Martín, del 29 de noviembre del mismo año, a la que se adhirieron otros ocho obispos, contenía desde su comienzo cinco graves defectos absolutamente inaceptables para un católico; a saber: (1) la exclusión del nombre de Dios en una nación de bautizados; (2) falta de referencia a la ley natural, con lo que las leyes quedan a merced de los poderes públicos; (3) falta de garantías para la libertad de enseñanza y de seguridad a los padres para la formación religiosa de sus hijos; (5) falta la tutela para los valores de la familia y del matrimonio, abriendo las puertas del divorcio; (6) omisión del veto explícito al abominable crimen del aborto.
De las manifestaciones del Papa Juan Pablo II, sin haber coincidido en persona, como es lógico, en su calidad de Sumo Pontífice, con el régimen de Franco, sí pueden extraerse en cambio multitud de citas que abonan un rechazo implícito de la prácticas vigentes en la España de hoy, por comparación a las condiciones existentes antes de 1975; de entre muchas entresacamos la siguiente, por referirse mediante encíclica a uno de los temas más flagrantes para los católicas contemporáneos : "En el caso, pues, de una ley intrínsecamente injusta, como es la que admite el aborto o la eutanasia, nunca es lícito someterse a ella, ni participar en una campaña a favor de una ley semejante, ni darle el sufragio del propio voto" (Juan Pablo II, 1995).
En resumen, podemos concluir, con Mons. Guerra Campos, que, pese a quien pese y en honor de la realidad histórica y la justicia, Franco respondió en su tiempo a las orientaciones de la iglesia Católica. Los modos de hacerlo podrán cambiar, pero un cambio en los modos no puede consistir en suprimir las orientaciones o desentenderse de ellas. Es urgente colmar ese vacío. Por eso, la evocación de la historia de Franco es de una actualidad ejemplar. La iglesia en España, puesta a reflexionar, se encuentra con ese legado. Para la iglesia, no menos que la evangelización de América, es parte de su propio legado.
|
| |
FRANCO RESTABLECIÓ LA COMPAÑÍA DE JESÚS |
| |
| Franco restableció la compañía de Jesús (expulsada de España por la República) y le restituyó sus bienes en 1938 |
| |
 |
DICCIONARIO HISTÓRICO DE LA COMPAÑIA DE JESUS |
|
| |
En 1995 nuestro Boletín se hizo eco de un suceso y una documentada carta que reproducimos a continuación: |
| |
Don Alfonso de Lara y Gil, ilustre miembro de la magistratura española, ahora jubilado y residente en Andujar (Jaén), escribe a nuestro Vicepresidente ejecutivo la carta que a continuación reproducimos, a la que acompaña copia de la enviada al P.Germán Arana S.J. de San Sebastián, quien se negó a oficiar el 20 de noviembre pasado (se refiere a 1994) una misa en sufragio de las almas del Generalísimo Franco y de José Antonio Primo de Rivera.
Esta carta, por la información que aporta constituye un muy importante documento sobre el servicio que prestó a la Iglesia española, y con ella a la Compañía de Jesús, Francisco Franco. También supone una demostración de entereza, de amor a la verdad, de nobleza y lealtad del Sr. de Lara y Gil, que valoramos de manera muy singular.
|
Carta del señor de Lara y Gil a nuestro vicepresidente: |
| |
Mi querido amigo: el envío copia de la carta que hoy (7-5-95) remito a ese jesuita, y se refiere a la negativa del mismo a celebrar una misa en sufragio de nuestros inolvidables Franco y José Antonio.
Me he enterado de esta indigna negativa por el relato que de ella hace el último boletín de la Fundación.
Por conservar documentos valiosos referidos a la devolución de los bienes de su propiedad a la Compañía, me ha parecido obligado y justo salir en defensa del Caudillo en esos aspectos concretos: religiosidad y amor a la Compañía de Jesús.
Creo que aprobarán ustedes esa carta escrita con mi corazón y amor a la verdad. Pueden hacer de ella el uso que les plazca.
En cuantas ocasiones tengo y por tener pruebas de muchas cosas me lanzo a proclamar la verdad. Y callo a todos.
Cariñosos saludos para la duquesa den Franco y demás dirigentes. Deseando ver a ustedes. Abrazos. |
| |
| A. de Lara |
| |
Texto de la carta al Jesuita Arana: |
| |
Respetado Señor:
Por conducto fidedigno recibo noticias respecto a la conversación que usted mantuvo con D. Carlos Indart, en esa ciudad, sobre la petición que le hizo de oficiar el pasado 20 de noviembre de 1994 una Misa en sufragio de las almas del Generalísimo Franco y José Antonio Primo de Rivera. La negativa de usted a celebrarla alegando pretextos inadmisibles, mucho más tratándose de un ministro del Señor, me deja atónito, desconcertado y sumido en desolación, no solamente como profundo católico reciamente formado, sino como amante de la ínclita Compañía de Jesús, tan adornada de incalculables positivos servicios a Dios, la Patria y la Sociedad en todas sus categorías y también ¡porqué no decirlo! como español agradecido al Generalísimo Franco cuya labor como gobernante fue soberbia, inigualable en todas las órdenes, siendo uno de los principales el religioso, dentro del cual y referido al hecho concreto que motiva esta carta paso a exponérselo.
Este hecho no revela solo la perfecta noción de justicia que anidaba en el interior del Caudillo sino su afecto a la Compañía de Jesús, de la que bien sabía que era la vanguardia de la Iglesia Católica.
Paso a explicarle lo que estimo que debe conocer usted en todos sus detalles y yo protagonicé en tan memorable fecha: 1 de agosto de 1938.
Mi carácter de tal en los hechos arranca de mi condición de Vocal-Secretario de la Comisión ejecutiva del Decreto de restablecimiento de la Compañía de Jesús en España, refrendada por el Ministro de Justicia en 3 de mayo de 1938.
En mi exposición a usted tengo en mis manos el acta notarial levantada por D. Ricardo de Gomeza y Oganiz el día 1 de agosto de 1938 a requerimiento del Reverendo Padre Antonio Orea, Rector del Colegio noviciado de Loyola a fin de hacer constar la entrega por el Excmo. Señor Ministro de Justicia D. Tomás Domínguez Arévalo, Conde de Rodezno, de las fincas incautadas con motivo del cumplimiento de 23 de enero de 1932 que disolvió la Compañía de Jesús, ahora derogado por el Decreto de 3 de mayo de 1938, a sus legítimos dueños e inscritas en el Registro de la propiedad a nombre de la Compañía de Obras de Loyola S.A. domiciliada en Azpeitia.
En cumplimiento a este decreto y por Orden Ministerial de 28 de junio siguiente se constituyó la Comisión Ejecutiva integrada por decisión del Ministro como representante del Estado Español por D. Mariano Puigdollers Oliver, Director General de Asuntos Eclesiásticos y Catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad Central, los Señores D. Felipe Tralla, D. Pedro Paloneque, Magistrados, y el que esto suscribe, Magistrado-Fiscal y Doctor Graduado en Derecho y Filosofía y que, como más joven, actuó de Secretario.
Los trabajos se desarrollaron a gran ritmo y sin descanso ya que, desde el Caudillo hasta el último de los integrantes del Ministerio existía el compromiso de devolver la Residencia de San Sebastián y el Monasterio el señaladísimo día de San Ignacio. Sin un alto en esta tarea se dio cima a la empresa en las fechas de 31 de julio Residencia, y 1 de agosto, Monasterio.
Debo destacar aquí, como tributo de gratitud y a la vez de recuerdo, el magnífico apoyo que prestó a mi labor el Padre Romaña, Procurador de la Compañía a estos efectos, el cual me suministró documentos y datos valiosos que me sirvieron para trazar los dictámenes.
En mi archivo conservo como documento muy querido la copia autorizada del acta de la devolución que se verificó en el despacho del Padre Vélez-Provincial, quien tuvo la gentileza de enviármela con cariñosa carta de fecha de 8 de noviembre de 1965. Tengo otras muy cordiales de diferentes Padres que intervinieron con ahínco en la búsqueda del documento que, al fin, se localizó en la notaria de Azpeitia.
En gracia a la brevedad omito narrarle la solemnidad de la Misa que precedió al acto de la entrega en la que el Padre Vélez, en contestación a las sentidas palabras del Ministro, expresó con las suyas -muy elocuentes- la inmensa gratitud que merecía el Caudillo, salvador de España.
Como podrá colegir, Padre Arana, el Generalísimo no esperó hasta la terminación de la Cruzada para reparar la infamia perpetrada por la República, sino que se lanzó a realizar el acto de justicia relatado y en el que tanta ilusión puso, no obstante las enormes preocupaciones propias de su mando; tuvo ese gran gesto que realizó ganando cuanto tiempo pudo. Evidente.
Confío Padre Arana que este hecho, de gran relevancia y que no detallo en gracia a la brevedad aunque creo que usted lo captará, le permitirá formar el juicio debido sobre lo que significó esta reparación del Generalísimo quien así quedó vinculado a la Compañía de Jesús, y por ello, digno de gratitud y de respeto a su memoria que bien merece, de todos los Jesuitas, un sufragio al pie del Altar.
Voy a terminar Padre Arana. Creo que D. Francisco Franco, tanto como católico practicante como gobernante, llegó ante el Supremo y Justo Juez con un gran caudal de buenas acciones, igual que el no menos inolvidable José Antonio Primo de Rivera, de recia y admirada estirpe. No reconocerlo así es un absurdo, sencillamente por ir contra la verdad que jamás podrán eliminar almas rencorosas y una historia totalmente falseada y, por ello, recusable. El contenido del acta Notarial de Loyola puede decirle bastante a su sensibilidad.
Me excuso por la extensión de esta carta que escribo con una gran serenidad de espíritu y por imperativos de conciencia y amor a la verdad. Fui protagonista de un hecho de resonancia en España y fuera de ella y que tan alto puso la religiosidad y la justicia del Caudillo. Mi pasión cristiana -no conozco otra, naturalmente- se compensa en mi pasión por la verdad. Y, en este caso específico por una que merece ser bien conocida y analizada en toda su dimensión, sin perjuicios, con grandeza de alma y servicio a Dios, Suprema Verdad. ¿Y es que esta gran verdad no ha sido reconocida explícitamente por diferentes Papas y altas jerarquías de la Iglesia entre ellas la gran figura del Primado de España, Cardenal Gomá.....?
Callar en mis circunstancias y con los documentos que poseo hubiera sido una cobardía generadora de felonía, situaciones estas incompatibles con mis convicciones y creencias. De haber incidido en ellas es seguro que mi ser se hubiera desmoronado para siempre.
Le pido que en la primera ocasión que tenga que celebrar una misa por mi intención que no es otra en este caso que la de pedir al Señor que cese el tremendo huracán de secularizaciones y mundanismo que azota a la Iglesia Católica en esta trágica hora que vive España.
Si por el motivo que fuese no la celebrara, ruégole que el estipendio de 3.000 pesetas que le envío por giro postal se lo pase al Padre Damboriena, Director de la Misión de la Compañía en Gujerat. Yo vengo contribuyendo a ella desde hace muchos años, sintiendo gran admiración y respeto por su gran obra que sigo atentamente -no obstante mis grandes ocupaciones- mediante la lectura del Boletín que recibo y colecciono luego. |
| |
| Atentamente en Cristo Rey y b.s.m., |
| |
| D. Alfonso de Lara y Gil |
| |
Después de publicar estas cartas, hemos descubierto con satisfacción la referencia a Franco que se hace en el Diccionario Histórico de la Compañía de Jesús recientemente publicado, y que también reproducimos a continuación: |
| |
| |
FRANCO, Francisco. Jefe del Estado Español (1936-1975)
N.4 de diciembre 1892, El Ferrol (La Coruña), España; m.20 de noviembre 1975, Madrid, España.
Su relación con la C.J. se enmarcó dentro de su actitud de gobierno respecto a la Iglesia. Instaurado el nuevo Estado del 18 de julio 1936 (véase España, II. 2-3), Franco derogó la legislación anticatólica de la II República y dotó a la nación de un corpus legislativo que pensaba acorde con la nueva concepción cristiana del Estado. Esto lo apreció PíoXII cuando, apenas acabada la guerra, alabó las "pruebas inequívocas que habían dado el Jefe del Estado y tantos caballeros,... con la legal protección que han dispensado a los supremos intereses religiosos y sociales" (Radiomensaje, 16 de abril 1939, AAS, 31 (1939) 153), y le concedió (21 de diciembre 1953) la máxima condecoración de la Iglesia (AAS, 46(1954)157), en cuya ceremonia de imposición (25 febrero 1954), Franco corroboró su profesión de fe con un juramento personal (Ecclesia 14/1 (1954,259), al que sería fiel hasta decir en su testamento:"Con el nombre de Cristo me honro, y ha sido mi voluntad constante ser hijo de la Iglesia, en cuyo seno voy a morir". En su gobierno promovió innumerables medidas en favor de la Iglesia, imposibles de reseñar aquí.
En este contexto se explican sus acciones acerca de la C.J. Coincidían de antiguo con su pensamiento, cuando, siendo Gobernador Militar de Baleares (1933), había manifestado al obispo de Palma de Mallorca su repulsa ante la ley contra las congregaciones religiosas; como el año anterior ante los jesuitas de Oviedo, a los que visitó para mostrar su desacuerdo con la disolución (Memorabilia, 6:539).
En esta línea, por una ley del 2 febrero 1939, "las Órdenes Religiosas recobran la situación jurídica que tenían en España con anterioridad a la Constitución de 9 de diciembre de 1931" (B.O.E., 4 febrero 1939, 670). Ya se había adelantado Franco. a restaurar la "españolísima C.J." por un decreto particular (3 mayo 1938). En él se deroga "el Decreto de 23 de enero de 1932 sobre disolución de la C.J. e incautación de sus bienes" y "en su virtud, la C.J. tiene plena personalidad jurídica y podrá libremente realizar todos los fines propios de su Instituto, quedando, en cuanto a lo patrimonial, en la situación en que se hallaba con anterioridad a la Constitución de 1931" (B.O.E., 7 mayo 1938, 7162s; La Civiltá Cattolica, 89/II (1938) 476s (trad.)). La devolución se concretó por una Orden Ministerial (B.O.E., 27 enero 1940, 697s). Pero hubo hechos, que precedieron a las leyes: el P. General Wladimir Ledóchowski anunciaba (2 octubre 1936) a la C.J. la restitución de las primeras casas y la apertura de un colegio en España (AR: 8:559). Memorabilia reseñaba tales devoluciones en especial la del Santuario de Loyola el 6 junio 1938 (6:536-539;7/2:25s).
La preocupación de Ledóchowski por la C.J. en España durante la guerra civil y por los jesuitas que morían en confesión de su fe, así como su agradecimiento por la restauración de la C.J., quedan patentes en las páginas de Acta Romana (8:557-559, 569-571, 626s), hasta el punto de indicar a los directores de revistas jesuitas que difundieran latissime la Carta Colectiva del obispado español sobre la guerra n(8:795).
En Memorabilia se refieren varias iniciativas de la C.J. en Estados Unidos, para recoger fondos a fin de paliar los dolores de la guerra. La revista América y otras de la Asistencia Americana apoyaron desde el 18 de julio 1936 a la España Nacional, y por iniciativa de su director Francis X. Talbot, el asistente de América, Zacheus J. Maher, y los siete provinciales de la asistencia escribieron (31 julio 1938) a Franco para agradecer la restitución de la C.J., ofreciéndole sus oraciones y una limosna personal junto a la colecta realizada por el director de América (Memorabilia 6:678-679). La carta, traducida al español por el entonces tercerón Pedro Arrupe, se reproduce en facsímil, junto con la contestación (WL 68 [1939] 103-113). Asimismo consta que el provincial de Inglaterra también escribió a Franco, dándole las gracias (Memorabilia, 6:679).
La gratitud de los jesuitas españoles fue aún mayor. La iniciativa tomada tras la guerra queda bien descrita en la carta, repartida por las casas, del provincial de España el día de la muerte de Franco: "Según documentación que obra en el Archivo del Provincial de España, en noviembre de 1943 el entonces Vicario General de la C.J., P. Alessio A. Magni, después de haberlo consultado con los asistentes, encargó a Severiano Azcona, asistente de España, visitará a Franco y le entregará un documento en nombre de toda la C.J., para agradecerle el inmenso beneficio que acababa de hacerle devolviendo a la C.J. de España todos los edificios que la revolución le había arrebatado"; se recordaba la obligación de los jesuitas de España de ofrecer tres Misas, comuniones y rosarios, a la muerte de Franco. En efecto, en un pergamino (Madrid, 25 marzo 1944) no sólo se comunicó a Franco estas oraciones, para entonces y a su muerte, sino que se le hacía "participante de todas las Misas, oraciones, penitencias y obras de celo que por la gracia de Dios se hacen y en adelante se harán en nuestras Provincias de España". Esto equivalía a la "Carta de Hermandad de la C.J. con sus bienhechores, esta vez de la asistencia de España. Por ausencia de Azcona, el provincial de Toledo, Carlos María Gómez-Martinho, lo entregó a Franco, cuya lectura escuchó con viva emoción; se publicó en las Noticias de la Provincia de Andalucía (agosto 1944, 16), y The Woodstock Letters (75[1946] 87) se refiere a él, indicando que se le había nombrado "an outstanding benefactor of the entire Assistancy".
Resulta imposible relatar todos los contactos que tuvo Franco hasta su muerte con la C.J. y con sus miembros, así como sus ayudas de todo tipo. Basten, por ello, varios casos sacados de Memorabilia. En 1940, pese a las dificultades de la II Guerra Mundial, se conmemoró el IV Centenario de la C.J., por medio de artículos, cartas y felicitaciones recibidas, entre ellas el telegrama enviado por Franco el día de San Ignacio, junto con la felicitación del embajador de España ante la Santa Sede (7/2:42). Ese mismo año el gobierno español concedió la Orden de Isabel la Católica a algunos misioneros, entre ellos a diez jesuitas (7/2:50). Se celebró (mayo1941) un Congreso Nacional de Ejercicios Espirituales en Barcelona, a cuyas sesiones asistieron autoridades civiles y militares, y al que envió un telegrama el mismo Franco (7/2:94). A la solemne celebración de la fiesta de San Ignacio en Loyola, Franco envió (1941) como representante suyo al Capitán general de la región, a la que pertenecía Azpeitia (7/2:97). Se promulgó (1942) una ley (7/2:165) que restituía al colegio de Montesión (Palma de Mallorca) la mayor parte de sus edificios.
Franco hacía Ejercicios Espirituales todos los años y fueron bastantes los jesuitas, como Javier Barcón y Jorge de la Cueva (Garrido, 94s, 98s), que se los dieron. En Memorabilia se consigna la Hora Santa que dirigió Francisco X. Peiró el Jueves Santo de 1942 en el Pardo, ante Franco, su mujer, su hija y los oficiales del Palacio, pedida por el mismo Franco (7/2:167). Se conoce su devoción eucarística durante su vida desde que, siendo teniente con diecisiete años, se inscribió en la Adoración Nocturna.
Por la II Guerra Mundial, Memorabilia se suspendió unos años, y después dejó de publicarse. Pero aún así no faltan las menciones a Franco El 3 diciembre 1952 se conmemoró en el castillo de Javier el IV Centenario de la muerte de san Francisco Javier. Franco quiso asistir con sus ministros. El rector le inscribió entre los miembros de la Congregación de San Francisco Javier, y el provincial le manifestó ante los prelados y autoridades el agradecimiento de la C.J. por la generosa cooperación del Estado en la formación de los futuros misioneros. Al final Franco exaltó el espíritu de la C.J., y prometió que su Gobierno continuaría su ayuda en la formación de misioneros que imitaran a Javier (9:156). En el IV Centenario de la muerte del Fundador, Franco asistió por propia iniciativa el 31 de julio 1955 a su inauguración, antes de dirigirse a la Santa Casa para ganar las indulgencias jubilares junto con su séquito (9:479s). Durante el año centenario peregrinó por España una reliquia de san Ignacio en medio de la devoción popular; Franco, por decreto de 24 junio 1955, estableció que se le tributaran los máximos honores, por haber derramado su sangre, como soldado, por la defensa de su patria (9.500). Por último, en la clausura del Año Ignaciano en Loyola (31 julio 1956), Franco, con su esposa y ministros, asistió a la Misa celebrada por el Legado Pontificio, cardenal Siri, y fue recibido solemnemente en la Casa.
Memorabilia ha contado acontecimientos muy significativos sobre la historia externa de las relaciones de Franco con la C.J., pero la historia interna está aún por escribir. Primero, la de las ayudas de Franco a obras de la C.J., dentro de su colaboración con la Iglesia, pero quizás con una cierta predilección. Como ejemplos, la reconstrucción del colegio-noviciado de Villagarcía de Campos, que inauguró, las ayudas a favor de las Escuelas Profesionales de la Sagrada Familia en Andalucía (véase Rafael Villoslada), o la entrega a la C.J. de la dirección de la Universidad Laboral de Gijón, una de las obras sociales más importantes de su gobierno. También está por investigar en detalle la historia de sus relaciones con los superiores y miembros de la C.J.. Por sugerencia de José A. Pérez del Pulgar, se estableció un sistema para reducir el tiempo de cárcel con la redención de las penas por el trabajo; en una conversación con el P.José Caballero, Franco se ofreció espontáneamente (1965) a asistir a la inauguración del monumento al Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles, donde renovó la consagración de España al Sgdo. Corazón; el P. Arrupe, cuando iba a España solía visitar a Franco, pese a la desaprobación de algunos jesuitas.
Pero Franco conoció en sus últimos años una situación distinta en la Iglesia española, y también en la C.J.. Es conocida la profunda crisis que afectó a la Iglesia después del Vaticano II y en especial a España. Se dió un distanciamiento de algunos sectores de la Iglesia respecto a Franco, que le causó perplejidades, pues no lo podía comprender, y que se extendía a ciertos ambientes de la C.J., que se mostraban opuestos a su gobierno, pero no impidió su amistad y contacto con muchos otro jesuitas, como R. Villoslada. |
|